martes, 29 de marzo de 2011

Libertad de los antiguos y de los modernos

Picasso, Mujeres corriendo en la playa
El peligro de la libertad antigua consistía en que los hombres, atentos únicamente a asegurarse la participación en el poder social, despreciaran los derechos y los placeres individuales.

El peligro de la libertad moderna consiste en que, absorbidos por el disfrute de nuestra independencia privada y por la búsqueda de nuestros intereses particulares, renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho de participación en el poder político.

Los depositarios de la autoridad nos animan a ello continuamente. ¡Están completamente dispuestos a ahorrarnos cualquier preocupación, excepto la de obedecer y la de pagar! Nos dirán: ¿Cuál es en definitiva el objetivo de vuestro esfuerzo, de vuestro trabajo, de todas vuestras esperanzas? ¿No es acaso la felicidad? Pues bien, dejadnos hacer y os daremos esa felicidad. No, señores, no les dejemos hacer por muy conmovedor que resulte tan entrañable interés; roguemos a la autoridad que permanezca en sus límites, que se limite a ser justa. Nosotros nos encargaremos de ser felices.

¿Lo seríamos gracias a los placeres privados, si éstos estuvieran separados de su garantía? ¿Y dónde encontraríamos esta garantía si renunciáramos a la libertad política? Renunciar a ella, señores, sería una locura similar a la de un hombre que pretendiera edificar en la arena un edificio sin cimientos, con la excusa de que sólo iba a habitar el primer piso.

Por otra parte, señores, ¿es realmente cierto que la felicidad, de cualquier tipo que sea, es el único fin de la especie humana? En ese caso nuestra carrera seria bien estrecha y nuestro destino bien poco relevante. Cualquiera que esté dispuesto a hundirse, a restringir sus facultades morales, a rebajar sus deseos, a renunciar a la actividad, a la gloria, a las emociones generosas y profundas, puede embrutecerse y ser feliz.

No, señores, yo declaro en favor de la parte mejor de nuestra naturaleza, de esa noble inquietud que nos persigue y nos atormenta, de ese ardor por extender nuestros conocimientos y por desarrollar nuestras facultades. No es únicamente a la felicidad, sino al perfeccionamiento a donde nos llama nuestro destino, y la libertad política es el medio más eficaz y más enérgico que nos haya dado el cielo para perfeccionarnos.

La libertad política engrandece el espíritu, al someter los más sagrados intereses al examen y estudio de todos los ciudadanos sin excepción, ennoblece sus pensamientos y establece entre todos una especie de igualdad intelectual que constituye la gloria y el poder de un pueblo. […]

Lejos pues, señores, de renunciar a ninguna de las dos clases de libertad de las que he hablado, es necesario, como he demostrado, aprender a combinar la una con la otra.


En 1819, Benjamin Constant pronunció una conferencia titulada De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos. Se refería en ella a dos formas de libertad, la de los antiguos y la de los modernos, teniendo en cuenta que por libertad entendía, en un sentido amplio, la capacidad de elegir y de actuar en una comunidad política sin ser coaccionados por otras personas.

Según Constant, la libertad de los antiguos, manifestada sobre todo en la democracia ateniense, consistía en participar directamente en los asuntos públicos, de modo que se consideraba libre al ciudadano, es decir, al que estaba legitimado para participar en el gobierno de la comunidad política. Sin embargo, este concepto de libertad se restringía a los ciudadanos, teniendo en cuenta que no se consideraba tales ni a las mujeres, ni a los niños, ni a los esclavos, ni a los extranjeros.

Posteriormente, las teorías del derecho natural defendieron la idea de que, con anterioridad a la formación de las comunidades políticas, es decir “por naturaleza”, cada persona tiene unos derechos que la sociedad debe respetar. Esos derechos se entendieron también como “libertades”, porque representan, por ejemplo, el derecho a expresar la propia opinión o libertad de expresión, a profesar el culto que se desee o libertad religiosa o a reunirse con otros o libertad de asociación. La afirmación de que todo ser humano en cuanto tal tiene la capacidad de ser libre y el derecho de ejercer la libertad, desembocará en el concepto de libertad de los modernos.

De esta manera, la libertad no consiste solamente en participar en la vida pública: una persona es libre cuando se respetan sus derechos, entre ellos, el de elegir a quienes se han de encargar de gestionar los asuntos públicas, permitiéndole disfrutar con independencia de su vida privada. Constant apuesta, pues, por una democracia representativa como la mejor forma de hacer compatible la independencia individual con la participación política, sin que esto suponga una renuncia a ninguna de sus libertades. Por eso, “el objetivo de los modernos es la seguridad en los disfrutes privados, y llaman libertad a las garantías concedidas por las instituciones a esos disfrutes”.

Esta distinción entre la libertad de los antiguos y la de los modernos es la que nos ha servido de base para clasificar la libertad en externa (política), negativa (libertad “de”) o positiva (libertad “para”) e interior (libre albedrío), como independencia o como autonomía. Os adjunto una presentación que recoge los problemas fundamentales de uno de los conceptos más difíciles y abstractos de la filosofía. Os dejo también Reach, de Luke Randall, un corto que hace ciertas estas palabras de Platón: “La libertad está en ser dueños de la propia vida”, incluso para un pequeño robot.


3 comentarios:

J.C. Álvarez dijo...

Excelente post y excelente blog.

Gracias por revisitar a un clásico como Benjamin Constant.

Un saludo.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Gracias a ti por tus amables palabras.

Un saludo.

Luis Venegas dijo...

Muchas gracias por este material. Me ha servido, incluso, para una presentación que tengo que dar pronto. Saludos.

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