viernes, 18 de marzo de 2011

¡La Belleza estaba estructurada de nada!

Templo Kinkaku-Ji, Fuente de la imagen
Lo presentía. Al examinar de cerca la belleza de cada detalle -columnas, balaustradas, batientes de las ventanas, puertas de madera labrada, oberturas ornamentadas, techo piramidal... (Hósui-in, Chóondó, Kukyóchó, Sosei) reflejos del estanque, archipiélago de islotes, pinos e incluso barcas amarradas-, y jamás la Belleza estaba toda incluida en un solo detalle, no terminaba en él; sino que en todos y cada uno se hallaba emboscado, latente, el cebo de la Belleza del detalle siguiente. La belleza de un detalle aislado no era más que una inquietud. Soñando con la perfección pero sin saber dónde terminaba, esa inquietud se veía imantada hacia la belleza vecina, que le era desconocida. Y estas recíprocas llamadas de una belleza que NO EXISTÍA EN NINGUNA PARTE, ni en un detalle ni en otro, era lo que constituía la profunda trama del Pabellón de Oro, que llamaba a la Belleza desde el límite de la no-existencia. ¡La Belleza estaba estructurada de nada! Estas partículas incompletas ocultaban naturalmente un cebo de la nada, y la delicada arquitectura, hecha de la más fina madera, temblaba por una especie de presentimiento de la nada, como tiembla al viento una guirnalda de fiesta. [...]

Semejante belleza no tenía igual. Y ahora yo sabía de dónde me llegaba aquella extrema fatiga: esta Belleza tentaba su última suerte, me hacía sentir todo el peso de su fuerza, intentaba hacerme caer en las redes de aquella impotencia por la que tantas veces había yo sucumbido. Mis brazos y mis piernas perdieron sus resortes. No hacía ni un instante, el acto estaba a un paso de mí, al alcance de la mano; ahora, me batía en retirada; incluso estaba ya muy lejos.

«No tenía más que dar un paso, todo estaba preparado», murmuraba. «Este acto que tanto he soñado, este sueño que tanto he vivido, ¿es indispensable que se cumpla? En el estado en que ahora me encuentro, ¿no se habrá quedado inútil?... Kashiwagi tenía sin duda razón cuando decía que lo que hacía cambiar el mundo no era la acción, sino el conocimiento... Hay también el conocimiento que empuja a la acción hasta el límite extremo de la esencia de la acción. El mío era de ésos, y es este género de conocimiento el que le quita a la acción toda su eficacia. Entonces, mis largos, mis meticulosos preparativos, ¿sólo los había hecho para LLEGAR A TENER FINALMENTE CONOCIMIENTO DE QUE YO NO PODRÍA ACTUAR...?»

Yukio Mishima: El Pabellón de Oro

"El Pabellón Dorado" tras el incendio de 1950, Fuente de la imagen

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