sábado, 19 de febrero de 2011

Volver a "Antígona"

Mary Stillmann, Antigona
Y creo, en efecto, que este es nuestro lado luminoso, el haz de libertad que brilla en medio de la oscuridad a la que, con tanto afán sangriento y codicioso, hemos contribuido. Hemos destruido mucho pero, en la estela de Antígona, hemos apostado con frecuencia por la libertad de conciencia, incluso contra la omnipresente "razón de Estado" (confundida, en ocasiones, con la "razón de Dios") en la que encuentran cobijo tantas tradiciones del mundo que nos rodea.

Esta es la gran lección del humanismo europeo, antiguo y moderno, lección que los europeos actuales, sumidos en la molicie mental y refugiados en una concepción gélida y burocrática de Europa, se empeñan en olvidar. La vergonzosa actitud de la comunidad europea ante los recientes acontecimientos en los países del norte de África -todos ellos antiguas colonias europeas- no son sino la lóbrega coronación de un silencio culpable que se repite ante cada hecho que incomoda la seguridad senil y avariciosa de un continente que omite cualquier construcción moral ante la vigilancia de los "mercados". Europa calla ante cualquier atropello de los derechos individuales -proceda este de reyezuelos, como los de Túnez o Uzbekistán, o de emperadores, como en el caso chino-, siempre temerosa de que cualquier gesto le suponga la definitiva retirada de prebendas que -y esto aumenta el miedo- consideran ya medio perdidas bajo la espada de Damocles de la decadencia.

Y este es, sin duda, el camino peor porque, afortunadamente obsoleta su función saqueadora, la única auténtica riqueza de futuro que le queda a Europa es Antígona. Quiero decir: la reivindicación de la libertad individual de conciencia, el derecho a la crítica, la necesidad de la autocrítica. Esta, la razón del individuo, es el bien único, espléndido, que todavía podemos exportar y que aún puede ganarnos un respeto en el mundo. Acobardados y sumisos ante la razón de Estado solo nos queda prepararnos para ser unos obedientes y eficaces esclavos.

Rafael Argullol: Europa cobarde, Europa libre, El País, 16/02/2011

Antígona, pero también Sócrates. “Una vida sin examen no merece ser vivida”. En una democracia sustentada en una retórica vacua orientada a la obtención de beneficios y a la sumisión de una ciudadanía egocéntrica, anodina, paralizada y pobre de espíritu, se hace muy difícil el dar lecciones de moralidad a nadie. Estamos arruinando una valiosísima herencia que se ha ido acumulando desde los tiempos de Sófocles y de Platón. El Papa brama por el reconocimiento de las raíces cristianas de la cultura occidental, mientras dejamos que ese viejo humanismo al que se refiere Argullol se vaya disipando como una espesa niebla en un día de invierno.

No, no hay espacio ético capaz de reconducir a los individuos (cada vez más deshumanizados) a una libertad de conciencia que exige hacer frente a las mentiras y a los estereotipos ignorantes que la nueva clase política propaga con una demagogia facinerosa que intenta abortar todo desarrollo de la crítica y la reflexión. Hay que recuperar urgentemente el mensaje valiente de Antígona si realmente queremos forjar un mundo en el que merezca la pena vivir. Como decía Rousseau, “Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad”. No podemos permanecer callados por más tiempo.

CENTINELA: La cosa ocurrió de esta manera: cuando yo llegué asustado por las terribles amenazas tuyas, después de quitar todo el polvo que cubría el cadáver y dejar bien al desnudo el cuerpo que estaba ya en putrefacción, nos apostamos en lo alto de otero resguardados del aire y bastante lejos para que no nos diera el mal olor de aquél, escitando a la vigilancia de cada uno a su compañero con eficaces reproches, si es que alguien se descuidaba de su tarea. Esto duró hasta la hora en que en el medio del cielo se coloca el brillante astro del día y abrasa el calor. Entonces, de repente, un tifón levantando de tierra terrible tempestad con un rayo que parecía grito del cielo, invadió la campiña, devastando el follaje de la campestre selva. Se llenó de polvo todo el aire; y nosotros, con los ojos cerrados, aguantábamos el castigo que el cielo nos enviaba. Cuando se apaciguó la tempestad después de mucho tiempo, vimos a la muchacha, que se quejaba dando agudos lamentos, como el ave dolorida cuando advierte vacío el lecho de su nido por haberle arrebatado los polluelos. Así también ésta, cuando vio el cadáver al desnudo, rompió en amargo llanto y lanzó horribles maldiciones contra los que le habían inferido el ultraje. Recogió en seguida con las manos polvo seco, y vertiendo de un vaso de bronce bien forjado tres libaciones sobre el cadáver, lo cubrió. Nosotros, que la vimos, nos abalanzamos y la cogimos en seguida, sin que ella se asustara de nada: la acusamos del hecho anterior y del presente, y no negó nada, con gusto mío y con pena a la vez, porque el quedar uno libre de castigo es muy dulce; pero implicar a un amigo en la desgracia es doloroso. No obstante, natural es que esto último tenga para mí menos importancia que mi propia salvación.

CREONTE: Tú, que inclinas la cara hacia el suelo, ¿afirmas o niegas haber hecho eso?

ANTIGONA: Afirmo que lo he hecho, y no lo niego.

CREONTE: Dime, no con muchas palabras, sino brevemente. ¿Acaso no conocías el bando que prohibía eso?

ANTÍGONA: Lo conocía. ¿Cómo no debía conocerlo? Público era.

CREONTE: Y así, ¿te atreviste a desobedecer las leyes?

ANTÍGONA: Como que no era Zeus quien me las había promulgado (…) ni creí yo que tus decretos tuvieran fuerza para borrar e invalidar leyes divinas, de manera que un mortal pudiese quebrantarlas. Pues no son de hoy ni de ayer sino que siempre han estado en vigor y nadie sabe cuando aparecieron. Por esto no debía yo, por temor al castigo de ningún hombre, violarlas para exponerme a sufrir el castigo de los dioses. Sabía que tenía que morir, ¿cómo no?, aunque tú no lo hubieses pregonado. Y si muero antes de tiempo, eso creo yo que gano (…) Para mí no es pena ninguna el alcanzar la muerte violenta; pero lo sería si hubiese tolerado que quedara insepulto el cadáver de mi difunto hermano: eso sí que lo hubiera sentido; esto no me aflige. Y si ahora te parece que soy necia por lo que he hecho, puedo decir que de necia soy acusada por un necio”.

Sófocles: Antígona.

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