domingo, 13 de febrero de 2011

Neandertales

Ilustración de Mauricio Antón
En los días previos, frente a la hoguera, el patriarca del grupo neandertal al que se había incorporado Ida tomó una difícil decisión. Llevaban semanas sin encontrar comida, el frío empeoraba las cosas y varios de sus miembros habían muerto de hambre. Lejos quedaban los tiempos en los que alimentaban el fuego con los huesos de las presas, mientras disfrutaban de la carne y la grasa asada, y reían con las historias contadas al calor de las llamas. Las niñas y el pequeño fueron los primeros en caer. Los dejaron bajo un montón de piedras en el fondo de la cueva. Ida tenía 20 años, los cabellos pelirrojos y los ojos claros, y sabía lo que significaba perder a alguien querido. Muchos meses atrás, antes de unirse al clan, en otro lugar más cálido, había enterrado a su padre, colocando encima la cuerna del gran ciervo. Le cuidó con cariño durante casi 10 años, desde el día en que aquel oso le destrozó de un zarpazo el nervio de su brazo izquierdo y parte del pie. Ahora, los del clan morían deprisa; a los niños les siguieron los muchachos y las mujeres, siempre después de esas extrañas toses nocturnas. El patriarca decidió que debían alimentarse de la carne de los muertos.

De forma ceremoniosa, arrastraron los cadáveres hasta la entrada de la cueva y comenzaron a despedazarlos con gran habilidad. Usando las hachas y los filos cortantes, los desollaron y separaron la carne de los huesos. En algunos casos rompían los más largos para extraer la médula de su interior. Aunque Ida sació su apetito, observó que el mal había hecho presa en todo el grupo, como un demonio saliendo de lo más oscuro de la cueva. Tuvo que cuidar de ellos hasta que murieron. El patriarca fue el último en caer. Ida comprendió que algo invisible y maligno anidaba en esa cueva y que moriría si se quedaba allí. Las zarpas del demonio la alcanzarían como las del oso que destrozaron a su padre.

Después de aprovisionarse de la carne del propio patriarca, Ida se encaminó hacia el sur. Su padre le había enseñado que cuando no hay animales que cazar convenía observar cuidadosamente todo lo que la naturaleza podía ofrecerle. Encontró algunas de las hierbas que maduraban en los pastos, en las llanuras. Buscó los granos en las espigas, duros como piedras, pero que podían ablandarse con el fuego si se echaban en agua muy caliente. Había que echar las piedras calentadas entre las llamas en el agua y arrojar allí los granos. Se podía hacer una deliciosa pasta que salía al machacarlos. Su padre le había explicado también una manera de sacar una sustancia muy pegajosa de la corteza de un árbol, después de cocinarla con fuego durante horas. Era ideal para pegar los filos de piedra del hacha a los palos.

Ida volvió a ver el mar y estableció contacto con otro grupo de los suyos. La acogieron en su cueva. Cocinaban algo que olía a mar, una grasa deliciosa. Le contaron que el animal quedó atrapado en las aguas más superficiales de la playa. Asaban carne de muy buena calidad de otro animal con bigotes que se arrastraba de manera muy torpe por la arena. Durante los días siguientes, Ida acompañó a unos hombres para ver cómo lo cazaban. Se apostaron detrás de las rocas y esperaron el momento en el que una de las crías se quedaba a solas mientras sus padres se zambullían para pescar. Dos de ellos la asustaron empujándola a las manos del que tenía el filo cortante.

Aprendió de ellos otra cosa sorprendente. Recogían las conchas que el mar arrojaba a la arena de la playa y que venían ya agujereadas. Pasaban por ese agujero una cuerda y se las colgaban del cuello. Ellos pintaban las conchas del mismo color que el pelo de Ida, y la enseñaron varios collares en negro y en rojo para que eligiera. Los hombres y mujeres se pintaban la cara, el cuello y el pecho con llamativos colores. A veces caminaban kilómetros hacia el interior para contactar con otros grupos cuyos miembros tenían un aspecto distinto e intrigante, más altos y menos robustos. Ida, que no sobrepasaba el metro y medio de estatura, se fijó en uno más alto y, tras un par de encuentros, decidió finalmente irse con él para aparearse, tal y como había visto hacer a otras mujeres en el clan de su padre.

Luis Miguel Ariza: Nuestros primos Neandertales, El País Semanal, 13/02/2011
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Capítulo tercero del documental La Odisea de la Especie, dirigido por Jacques Malaterre en 2003, dedicado al Homo Neandertal y al Homo Sapiens:




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