sábado, 8 de enero de 2011

Manifiesto del profesorado de la Región de Murcia

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Entre los baremos básicos que pueden señalarse para calibrar el desarrollo humanista de una sociedad, el primero es a mi juicio el trato y la consideración que brinda a sus maestros […]

Actualmente coexiste en este país —y creo que el fenómeno no es una exclusiva hispánica — el hábito de señalar la escuela como correctora necesaria de todos los vicios e insuficiencias culturales con la condescendiente minusvaloración del papel social de maestras y maestros. ¿Que se habla de la violencia juvenil, de la drogadicción, de la decadencia de la lectura, del retorno de actitudes racistas, etc.? Inmediatamente salta el diagnóstico que sitúa — desde luego no sin fundamento— en la escuela el campo de batalla oportuno para prevenir males que más tarde es ya dificilísimo erradicar. Cualquiera diría por lo tanto que los encargados de esa primera enseñanza de tan radical importancia son los profesionales a cuya preparación se dedica más celo institucional, los mejor remunerados y aquellos que merecen la máxima audiencia en los medios de comunicación. Como bien sabemos, no es así. La opinión popular (paradójicamente sostenida por las mismas personas convencidas de que sin una buena escuela no puede haber más que una malísima sociedad) da por supuesto que a maestro no se dedica sino quien es incapaz de mayores designios, gente inepta para realizar una carrera universitaria completa y cuya posición socioeconómica ha de ser — ¡así son las cosas, qué le vamos a hacer! — necesariamente ínfima. Incluso existe en España ese dicharacho aterrador de «pasar más hambre que un maestro de escuela»... En los talking-shows televisivos o en las tertulias radiofónicas rara vez se invita a un maestro: ¡para qué, pobrecillos! Y cuando se debaten presupuestos ministeriales, aunque de vez en cuando se habla retóricamente de dignificar el magisterio (un poco con cierto tonillo entre paternal y caritativo), las mayores inversiones se da por hecho que deben ser para la enseñanza superior. Claro, la enseñanza superior debe contar con más recursos que la enseñanza... ¿inferior?

Todo esto es un auténtico disparate. Quienes asumen que los maestros son algo así como «fracasados» deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso.

Fernando Savater: El valor de educar

Decía Kant que el hombre no llega ser hombre más que por la educación. Es increíble que una sociedad que se pretende democrática consienta que sus políticos, en un ejercicio de ceguera intelectual, ataquen de forma totalmente irresponsable un servicio público que constituye uno de los pilares básicos de cualquier sociedad libre y avanzada. ¿Qué pretenden conseguir? ¿Aumentar el bienestar social a costa de una merma en la calidad de los servicios públicos, en especial, de la educación? ¿Quién proporciona a los jóvenes las claves para desarrollar su humanidad; es decir, su autonomía, la asunción de virtudes sociales o la disciplina intelectual necesarias, por otro lado, para que la sociedad continúe funcionando? Desde luego, privando de dignidad a los docentes y esquilmando el sistema educativo en beneficio de otras necesidades menos básicas o, simplemente, de los caprichos de los gobernantes, no; a no ser que queramos unos futuros ciudadanos educados en los modelos propuestos, como dice también Savater, por “la televisión, la malicia popular o la brutalidad callejera, por lo común exaltados desde el lujo depredador o la mera fuerza bruta”.

En realidad, todo lo que concierne a la educación pública en este país y en esta comunidad es un gran sainete, como podemos apreciar en esta antigua viñeta de El jueves a propósito de aquella ocurrencia que tuvieron las autoridades educativas de nuestra comunidad vecina a propósito de la Educación para la Ciudadanía, tan semejante a la nuestra en tantos aspectos, y que ilustra muy bien el respeto que tienen ciertos políticos y aquellos sectores de la sociedad que los apoyan por una labor que siempre ha intentado que las nuevas generaciones sean mejores que las anteriores, más libres, preparadas y sabias. En esto consiste el verdadero bienestar. Y, desde luego, a no ser que la democracia haya renunciado a su horizonte de dignidad y justicia, no podemos consentir la deslegitimización que se está llevando a cabo de los servicios públicos, sobre todo de la educación, donde la aplicación de criterios mercantilistas solo puede conducir a su completa ruina.

Abajo dejo el manifiesto conjunto que han realizado los sindicatos de enseñanza de la Región de Murcia. Pongamos fin a este atropello: es mucho lo que nos jugamos todos.

POR LA RETIRADA INMEDIATA DE LA LEY DE MEDIDAS EXTRAORDINARIAS PARA LA SOSTENIBILIDAD DE LAS FINANZAS PÚBLICAS.



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