lunes, 10 de enero de 2011

El problema del mal en Tomás de Aquino

William Blake, Tentación y caída
¡Y es posible, Cleantes, dijo Filón, que después de todas estas reflexiones y de infinitas más que podrían sugerirse, sigas perseverando en tu antropomorfismo y asegures que los atributos morales de la Deidad, su justicia, benevolencia, generosidad y rectitud son de la misma naturaleza que esas virtudes tal y como se dan en las criaturas humanas? Concedamos que su poder es infinito; todo lo que Él quiere, se hace. Pues bien: como ni el hombre ni ningún animal son felices, hemos de concluir que Él no quiere su felicidad. Su sabiduría es infinita; jamás se confunde al elegir los medios que le llevan a un fin determinado. Pero ocurre que el curso de la Naturaleza no tiende a la felicidad del hombre o del animal; por lo tanto, no ha sido establecida para este propósito. No hay en toda la gama del conocimiento humano unas inferencias que sean más ciertas e infalibles que éstas. ¿En qué sentido, por tanto, puede decirse que su benevolencia y generosidad se asemejan a la benevolencia y generosidad de los hombres?

Las viejas preguntas de Epicuro están todavía sin respuesta:

¿Es que quiere evitar el mal y es incapaz de hacerla? Entonces, es que es impotente. ¿Es que puede, pero no quiere? entonces es malévolo. ¿Es que quiere y puede? Entonces, ¿de dónde proviene el mal?

David Hume, Diálogos sobre la religión natural

Las viejas preguntas de Epicuro a las que se refiere Hume en este texto hacen referencia a uno de los problemas más peliagudos de la teología cristiana desde sus orígenes. Tradicionalmente se le ha atribuido al pensador hedonista la idea de que la constatación de la existencia del mal constituye una muy seria objeción a la existencia de Dios. De ahí que este problema se conozca como “la paradoja de Epicuro” o “el tetralema de Epicuro”. Así:

  1. O Dios quiere evitar el mal y no puede (Si Dios quiere y no puede, entonces es impotente, y esto contraría la condición de Dios);
  2. o Dios puede y no quiere (Si Dios puede y no quiere, entonces es malo, y esto es igualmente incompatible con Dios);
  3. o Dios no quiere y no puede (Si Dios no quiere y no puede, entonces es Él tanto malo como impotente, y por lo tanto, no es Dios);
  4. o Dios puede y quiere (Si Dios quiere y puede, ¿Entonces de dónde vienen los males? ¿Y por qué no se los lleva Él?).

¿Cómo salvar a Dios de la acusación de que quiere el mal o de que, pudiendo evitarlo, no lo hace? Ya Agustín de Hipona lo intentó adoptando la concepción plotiniana del mal, como no-ser. Esto le permitió explicar cómo siendo Dios bueno y autor de todo, existe, sin embargo, el mal: éste (el mal) no sería creado por Dios, puesto que no es nada sustancial, nada real, sino ausencia de bien. De esta manera, el maniqueísmo dualista quedaba sin fundamento. Sin embargo, a diferencia del neoplatonismo, no identificó el mal con lo sensible, con la materia (dado que ésta también fue creada por Dios). Agustín distinguió entre: el mal moral (es decir, el pecado), que es fruto de una «mala voluntad», de una perversión del querer, consistente en anteponer lo sensible a Dios (consecuencia, por tanto, de la libertad humana), y el mal físico (es decir, el dolor, las enfermedades y la muerte), que es una consecuencia del mal moral (el mal físico aparece con el pecado original). En definitiva, el mal, que es pura privación, reside en la anteposición de lo sensible a Dios, y es el resultado de una mala voluntad.

Tomás de Aquino sistematizó los principios de Agustín de Hipona y los complementó ampliamente. Dios creó un mundo perfecto en su totalidad, por tanto el mal en el mundo no proviene de Él. El mal para Tomás de Aquino es también una privación, o ausencia de algo bueno. Por eso, el mal no es algo absoluto: siempre se sitúa dentro del contexto del bien. No hay ningún summum malum, o fuente positiva de mal, correspondiente al summum bonum que es Dios. Así lo expresa Tomás de Aquino en la Suma Teológica:

Objeciones por las que parece que Dios no existe:

1. Si uno de los contrarios es infinito, el otro queda totalmente anulado. Esto es lo que sucede con el nombre Dios al darle el significado de bien absoluto. Pues si existiese Dios, no existiría ningún mal. Pero el mal se da en el mundo. Por lo tanto, Dios no existe. [...]

Respuesta a las objeciones:

1. A la primera hay que decir: Escribe Agustín en el Enchiridio: Dios, por ser el bien sumo, de ninguna manera permitiría que hubiera algún tipo de mal en sus obras, a no ser que, por ser omnipotente y bueno, del mal sacara un bien. Esto pertenece a la infinita bondad de Dios, que puede permitir el mal para sacar de él un bien.

El mal no existe como hecho objetivo, sino como concepción subjetiva y, además, es triple: metafísico, moral y físico. Las cosas no son malas en sí mismas, sino por causa de su relación con otras cosas o personas. Todas las realidades son en sí mismas, buenas. Si producen resultados malos, es solo condicionalmente; en consecuencia, la última causa de mal es fundamentalmente buena. La existencia del mal tiene, por tanto, como condición de posibilidad la existencia de bienes mucho mayores y, además, el mal actúa como contrapeso del desorden que causa el pecado y la mala voluntad de los seres creados. El mal, sin ser creación de Dios, ayuda, pues, a la perfección de su obra. Por ejemplo, si no hubiera ningún acto o suceso malo, no habría ningún espacio para la paciencia y la justicia; si no fuésemos capaces de realizar malas acciones, no podríamos hablar de libertad. El mal forma parte, por tanto, del plan del universo que Dios, en su divina providencia, tiene pensado para el mundo y los hombres y que es conocido parcialmente por nosotros.

Si queréis saber más sobre Epicuro, y teniendo en cuenta que no hemos podido ver nada de filosofía helenística, os dejo un estupendo vídeo de introducción a su pensamiento, realizado por el profesor Jesús Palomar. Os facilito también un enlace a una entrada de Angelus Novus, donde, a propósito del desastre de Haití, publiqué el "Poema sobre el desastre de Lisboa o examen de este axioma: todo está bien", de Voltaire. En él, se critica duramente la idea de que todos los males que afectan al hombre forman parte de un sistema en el que todo ocurre para obtener un bien mayor, pues así lo ha dispuesto un Dios justo. Realmente cuesta trabajo creer que las desgracias más terribles cuenten con el visto bueno de la Providencia Divina y que contribuyan, de alguna manera, al bien colectivo y universal.


1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tengo la impresión de que, en el fondo, seguimos necesitando de Dios para echarle a alguien las culpas de lo malo que pase. Tomás de Aquino sostiene que Dios no permite el mal si no es para sacar de él un bien. El autor del texto anterior apoyándose en Voltaire parece querer preguntarse ¿qué bien puede sacarse de, por ejemplo, el desastre de Haití?
O sea, Tomás de Aquino no sabe lo que dice. Ahora bien, supongamos que no hay Dios. ¿Cambia algo el desastre de Haití? ¿Renegaremos de la vida por ello? Pues donde ghay vida hay sufrimiento y donde hay seres lilbres hay seres capaces de infrigir sufrimiento. ¿Luego...?

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