viernes, 5 de noviembre de 2010

La espuma de los días

Eneko, Tea Party, ...Y sin embargo se mueve, 5/10/2010
La cultura no es un lujo que podamos permitirnos sólo en las épocas faustas. Su misión es formular las preguntas esenciales. ¿Quiénes somos? ¿Dónde vamos? ¿Qué pretendemos construir? ¿Qué sociedad? ¿Qué civilización? ¿Y basadas en qué valores? ¿Cómo usar los recursos gigantescos que nos brinda la ciencia? ¿Cómo convertirlos en herramientas de libertad y no de servidumbre?

Este papel de la cultura es aún más crucial en épocas descarriadas. Y la nuestra es una época descarriada. Si nos descuidamos, este siglo recién empezado será un siglo de retroceso ético; lo digo con pena, pero no lo digo a la ligera. Será un siglo de progresos científicos y tecnológicos, no cabe duda. Pero será también un siglo de retroceso ético. Se recrudecen las afirmaciones identitarias, violentas en muchísimas ocasiones y, en muchísimas ocasiones, retrógradas; se debilita la solidaridad entre naciones y dentro de las naciones; pierde fuelle el sueño europeo; se erosionan los valores democráticos; se recurre con excesiva frecuencia a las operaciones militares y a los estados de excepción… Abundan los síntomas.

Amin Maalouf: Discurso de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias 2010

Cuánta razón tiene el escritor libanés, al afirmar que el siglo XXI se va a caracterizar por ser una época de auténtico retroceso ético con respecto a lo conquistado en el siglo anterior, a pesar de sus contradicciones y barbaries. Nuestra época se caracteriza por una total ausencia de sentido crítico que acepta con naturalidad lo que es absolutamente intolerable por inmoral. Y es que no hay límites para la manipulación de la ignorancia de unos ciudadanos (¿o súbditos?) que no son capaces de ver lo que ocurre más allá de sus torres de marfil, construidas sobre los cimientos de un consumo exacerbado y que constituyen el único sentido de sus confortables y puerilizadas vidas. Abundan los síntomas; tampoco falta quien suministre combustible a aquellos incendiarios que ven amenazadas sus preciadas torres. Ahí tenemos la tolerancia de la sociedad ante la corrupción tanto política como económica; pero también al retrógrado Tea Party americano, entre otros “laboratorios de ideas”, sembrando el odio más visceral hacia todo aquello que huela mínimamente a progreso y a justicia social, con todo su desvergüenza, y con la seguridad que proporciona el sentirse respaldado por todos aquellos que han renunciado a cualquier esfuerzo intelectual y, sobre todo, a ponerse en el lugar del otro. Lluís Bassets examinó lúcidamente ayer en El País la composición de este peligroso combustible:

El Estado, mínimo. Dirigido por quienes más se parecen a los ciudadanos, no por quienes saben. Inactivo ante las desigualdades. Insensible ante los desfavorecidos. Dedicado a desenfundar rápidamente ante los delincuentes, dentro y fuera del país. A ser posible, sin impuestos. También sin funcionarios, salvo en las prisiones y en las comisarías. Lo mismo en el mundo: con menos diplomáticos; cuantos menos diplomáticos mejor, y en cambio tantos soldados como haga falta. Y, claro está, en las fronteras y aduanas. Para cerrar el paso a las hordas extranjeras que se disponen a invadir y desnaturalizar la fibra íntima y auténtica de esta nación que se siente excepcional, en todo caso elegida por Dios. Para destruir a los terroristas, islámicos por supuesto, que desafían el poder americano e intentan destruir su dominio.

Y luego lo más difícil: política sin políticos, un Parlamento sin auténticos parlamentarios. Con hombres y mujeres intrépidos, dispuestos a resistirse a las élites gobernantes, entregados a la ley y al orden, armados hasta los dientes si hace falta para defender los derechos individuales e iluminados por la inspiración de su divinidad particular, entregada incondicionalmente a su causa.


Y que nadie se salga del guión. Todo el sistema parece que esté diseñado para acabar con todo atisbo de lucidez, de resistencia ante las fuerzas reaccionarias y de reivindicación de los auténticos valores democráticos. De vez en cuando surgen signos de esperanza, como las filtraciones de WikiLeaks, pero pronto son cercenados. No hace mucho, el desocultamiento por parte de los medios de comunicación de hechos inadmisibles y escandalosos para un gobierno democrático, provocaba la caída de presidentes. Hoy, estos nuevos “héroes” son perseguidos ferozmente ante la indiferencia generalizada de una ciudadanía que acepta estos métodos, que incluyen la calumnia, el insulto y la difamación, con toda naturalidad. Decía La Boétie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, que “es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece”.

Conformismo acrítico, materialismo vulgar y nihilismo cínico: de esto se nutren nuestras democracias. No existe mejor caldo de cultivo para que germine la sinrazón. Y buena nota están tomando estos “intelectuales” que braman contra todo aquello que contribuya a la liberación de la Humanidad y a la justicia. Este fin de semana nos visita uno de estos “finos” y filántrópicos intelectuales para bendecir el retroceso ético de nuestra época. Es un síntoma: es la espuma de los días.

El Roto, El País, 5/10/2010

4 comentarios:

Joselu dijo...

He venido a conocerte. He leído tu post La espuma de los días (un título muy estimado por mí)y he visto que tenemos preocupaciones y reflexiones muy próximas en muchos sentidos. La indeferencia del ser humano en el siglo XXI es pavorosa: indiferencia, apatía, ignorancia, ante la realidad que nos rodea. Supongo que es síntoma de ese bombardeo masivo de basura de que somos objeto. Recibimos tantos mensajes por segundo que nos atrincheramos frente a ellos y nos blindamos. Y entonces sólo queda la vida de cada uno y el placer que pueda lograrse. O la satisfacción material o simbólica (naciones, fútbol, etc). Percibo que mis alumnos son ajenos por completo al mundo que los rodea. Son como islas sumergidas en su líquido cotidiano y son incapaces de ver por encima de la valla que les encierra (y les protege). Pero no sólo es cuestión de jóvenes. En realidad la inmensa mayoría procede del mismo modo. No vemos, no queremos saber. No puede extrañar, por tanto, que tantos alemanes en su tiempo tampoco quisiera ver o saber. Un cordial saludo en un tiempo apasionante y terrible.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Hola, Joselu. Quizá apropiarme del título de la inolvidable novela de Boris Vian sea algo excesivo, pero la sensación de ciénaga a veces puede conmigo. Mediocres escritores comparándose nada menos que con Goethe, entre otros, y apoyados por políticos y “colegas” en defensa de la libertad de expresión y la creación literaria; líderes espirituales que vienen a sembrar cizaña, en connivencia con sus incondicionales seguidores, que cada vez se comportan más como autómatas; sesudos analistas que explican en esos basureros que son las tertulias televisivas la derrota de Obama haciéndole responsable de la aparición del “Tea Party” por ser demasiado “delicado” para la mentalidad del ciudadano estadounidense medio; un periodismo totalmente atado al poder, mientras Julian Assange es perseguido por hacer visibles las barbaries consentidas por ciertos gobiernos que se han autoerigido en los paladines de los derechos humanos en el mundo… El olor que desprende todo esto es, cuanto menos, a putrefacción. El parecido con los años treinta es asombroso: una fuerte crisis económica, una ciudadanía cada vez más ignorante, acomodaticia y vacía, y unos jóvenes cada vez más sumergidos en su particular limbo de bienestar y que empiezan a ver el mundo real como algo misterioso, mágico y desconocido, tal y como lo hacían los hombres primitivos. Tienes toda la razón: nuestro tiempo es apasionante y terrible a la vez. Y peligroso.

Muchas gracias por la visita y el comentario.

Un cordial saludo.

Antipensador dijo...

Estimado José Ángel:

Enhorabuena por el blog. Lo he descubierto hace relativamente poco y se ha convertido en uno de mis blogs favoritos.

Conformismo acrítico, materialismo vulgar y nihilismo cínico: de esto se nutren nuestras democracias. No existe mejor caldo de cultivo para que germine la sinrazón.

Efectivamente, vivimos en la era del Último Hombre anunciado (cuasi) proféticamente por Nietzsche: una criatura anodina, apática, sin grandes pasiones ni grandes intereses más allá del triste vegetar rodeado de estímulos artificiales, únicamente preocupado por frivolidades nimias, pequeños placeres insulsos y juguetitos electrónicos. Ya nos hemos acostumbrado tanto al Último Hombre que no nos damos cuenta de lo realmente extraña que esta criatura, y de cómo en épocas pasadas --más racionales que ésta-- habría dejado estupefacto al común de los mortales, el cual habría juzgado absurdas y estúpidas muchas de sus costumbres y diversiones.

La cita de Maalouf es magnífica. Aunque podríamos tal vez sustituir la palabra "cultura" (demasiado confusa para mi gusto) por "filosofía". Una época como la nuestra, que da la espalda a la filosofía, sólo puede definirse con una palabra: atroz. ¡Cuántas discusiones he tenido por este mismo motivo (en internet y fuera de internet), defendiendo la filosofía frente a quienes pretenden darla por muerta (aunque mi profesión es la psicología o, más en concreto, la psicopedagogía)! A menudo encuentro más dogmatismo entre los cientificistas que entre las personas creyentes: muchos creyentes tienen dudas, pero muchos cientificistas no tienen ninguna. Y quien no alberga dudas no está empleando la razón (al menos no la razón crítica).

Un cordial saludo.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Muchas gracias, Antipensador. Yo también te felicito por tu “Pensamiento del vacío”, que descubrí también recientemente -no hace más de tres semanas- y que desde entonces leo con avidez. Muchas fueron las voces que preconizaron en qué nos íbamos a convertir como consecuencia de la construcción de las modernas sociedades opulentas: hombres sin atributos, como diría Musil. Algo se les pasó a los ilustrados y sus herederos del siglo XX. En cualquier caso, para cualquier cerebro con un número suficiente de neuronas, es realmente triste y pasmoso contemplar como nuestra época está tan cómodamente instalada en la banalidad más absoluta. Y tienes toda la razón con respecto a la salud de la filosofía: mientras queden personas que se cuestionen incluso lo que en principio es indubitable, seguirá viva. No hay mayor enemigo de la razón que los dogmatismos de todo signo. Y, desgraciadamente, no son patrimonio de un saber concreto: el integrismo religioso y el cientificista están colaborando, a su pesar, a que nadie se cuestione nada, a que no salgamos de la era del Último Hombre. Cuando todo esto acabe con una vuelta a totalitarismos pasados, entonces comprobaremos si realmente mereció la pena abdicar de la razón crítica y de la filosofía. Pero entonces, igual hasta hemos perdido la capacidad de hablar.

Un cordial saludo.

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