viernes, 5 de noviembre de 2010

Elektra

Gertrude Schiele, Elektra
¡Sola! ¡Ah!, completamente sola.
El padre me dejó,
precipitado en
los fríos abismos...

¡Agamenón!, ¡Agamenón!,
¿Dónde estás, padre?,
¿no tienes la fuerza necesaria
para acercar tu cara a la mía?.
Esta es la hora, nuestra hora,
la hora en que te mataron.
Tu esposa y el hombre que con ella
duerme en el lecho, en el lecho real.
Ellos te asesinaron en el baño.
La sangre manaba
por encima de tus ojos
y el baño humeaba con tu sangre.
Allí te asió, el cobarde,
por los hombros y te sacó a rastras
de tus aposentos.
Primero, la cabeza.
Detrás, las piernas inertes.
Pero tus ojos, todavía abiertos,
miraban fijamente
dentro de la morada.
De este modo has de volver,
paso a paso.
De pronto, surgirás, con tus ojos
completamente abiertos,
y una diadema real de púrpura
ciñendo tu frente,
que se alimentará de la herida
todavía abierta en tu cabeza.
¡Agamenón!, ¡Padre!
¡Quiero verte!, ¡no me abandones hoy!
Simplemente como fue ayer,
como una sombra que se deslizaba
a lo largo del muro,
¡muéstrate a tu propia hija!.
¡Padre!, ¡Agamenón!
Tu hora llegará.
Así como el tiempo se precipita
desde las estrellas,
así se derramará sobre tu tumba
la sangre que mana de cien gargantas.
Como de cántaros quebrados,
así brotará de la alianza
de los asesinos, y en un aluvión,
en un torrente incontenible,
de sus vidas renacerá la vida,
y en honor a ti
sacrificaremos los caballos
que hay en tu casa,
los llevaremos juntos
hasta tu tumba,
y ellos sentirán la muerte
y relincharán al aire de la muerte
y allí morirán.
Y nosotros sacrificaremos
en tu honor los perros,
que lamían tus pies,
que cazaban junto a ti,
a los que entregabas
las sobras de tu comida.
Por ello, debe su sangre postrarse
ante ti y servirte, y nosotros,
nosotros, tu misma sangre,
tu hijo Orestes y tus hijas,
los tres, cuando
todo esto se haya consumado,
cuando los torrentes de púrpura
hayan brotado de la sangre
humeante reseca por el sol,
entonces, nosotros, tu misma sangre,
danzaremos alrededor de tu tumba.
Y sobre los cadáveres alzaré yo
mis rodillas, un paso tras otro,
y todo el que me vea danzar, aunque
solamente pueda ver danzar
mi sombra en la distancia,
dirá: un gran rey está siendo
grandemente honrado aquí,
por su misma carne y
por su misma sangre,
y dichoso sea aquél cuyos hijos
bailan la regia danza de la victoria
alrededor de su tumba.
¡Agamenón!, ¡Agamenón!

Richard Strauss, Hugo von Hofmannsthal: Elektra


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