domingo, 10 de octubre de 2010

Sobre la pena de muerte

Esta inútil prodigalidad de suplicios, que nunca ha conseguido hacer mejores a los hombres, me ha obligado a examinar si es la muerte verdaderamente útil y justa en un gobierno bien organizado. ¿Qué derecho pueden atribuirse éstos para despedazar a sus semejantes? Por cierto no el que resulta de la soberanía y de las leyes. ¿Son éstas más que una suma de cortas porciones de libertad de cada uno, que representan la voluntad general como agregado de las particulares? ¿Quién es aquel que ha querido dejar a los otros hombres el arbitrio de hacerlo morir? ¿Cómo puede decirse que en el más corto sacrificio de la libertad de cada particular se halla aquel de la vida, grandísimo entre todos los bienes? Y si fue así hecho este sacrificio, ¿cómo se concuerda tal principio con el otro en que se afirma que el hombre no es dueño de matarse? Debía de serlo si es que pudo dar a otro, o a la sociedad entera, este dominio. 

No es, pues, la pena de muerte derecho, cuando tengo demostrado que no puede serlo, es sólo una guerra de la nación contra un ciudadano, porque juzga útil o necesaria la destrucción de su ser. Pero si demostrase que la pena de muerte no es útil ni es necesaria, habré vencido la causa en favor de la humanidad. [...] 

No es útil la pena de muerte por el ejemplo que da a los hombres de atrocidad. Si las pasiones o la necesidad de la guerra han enseñado a derramar la sangre humana, las leyes, moderadoras de la conducta de los mismos hombres, no debieran aumentar este fiero documento, tanto más funesto cuanto la muerte legal se da con estudio y pausada formalidad. Parece un absurdo que las leyes, esto es, la expresión de la voluntad pública, que detestan y castigan el homicidio, lo cometan ellas mismas, y para separar a los ciudadanos del intento de asesinar ordenen un público asesinato. ¿Cuáles son las verdaderas y más útiles leyes? Aquellos pactos y aquellas condiciones que todos querrían observar y proponer mientras calla la voz (siempre escuchada) del interés privado o se combina con la del público. ¿Cuáles son los sentimientos de cada particular sobre la pena de muerte? Leámoslos en los actos de indignación y desprecio con que miran al verdugo, que en realidad no es más que un inocente ejecutor de la voluntad pública, un buen ciudadano, que contribuye al bien de todos, instrumento necesario a la seguridad pública interior, como para la exterior son los valerosos soldados. ¿Cuál, pues, es el origen de esta contradicción? ¿Y por qué es indeleble en los hombres este sentimiento, en desprecio de la razón? Porque en lo más secreto de sus ánimos, parte que, sobre toda otra, conserva aún la forma original de la antigua naturaleza, han creído siempre que nadie tiene potestad sobre la vida propia, a excepción de la necesidad que con su cetro de hierro rige el universo. 

¿Qué deben pensar los hombres al ver a los sabios magistrados y graves sacerdotes de la justicia, que con indiferente tranquilidad hacen arrastrar a un reo a la muerte con lento aparato; y mientras este miserable se estremece en las últimas angustias, esperando el golpe fatal, pasa el juez con insensible frialdad (y acaso con secreta complacencia de la autoridad propia) a gustar las comodidades y placeres de la vida?

¡Ah! (dirán ellos), estas leyes no son más que pretextos de la fuerza, y las premeditadas y crueles formalidades de la justicia son sólo un lenguaje de convención para sacrificarnos con mayor seguridad, como víctimas destinadas en holocausto al ídolo insaciable del despotismo.

El asesinato, que nos predican y pintan como una maldad terrible, lo vemos prevenido y ejecutado aun sin repugnancia y sin furor. Prevalgámonos del ejemplo. Nos parecía la muerte violenta una escena terrible en las descripciones que de ella nos habían hecho; pero ya vernos ser negocio de un instante. ¡Cuánto menos terrible será en quien no esperándola se ahorra casi todo aquello que tiene de doloroso!

Tales son los funestos paralogismos que, si no con claridad, a lo menos confusamente, hacen los hombres dispuestos a cometer los delitos, en quienes, como hemos visto, el abuso de la religión puede más que la religión misma. 

Si se me opusiese como ejemplo el que han dado casi todas las naciones y casi todos los siglos decretando pena de muerte sobre algunos delitos, responderé que éste se desvanece a vista de la verdad, contra la cual no valen prescripciones, que la historia de los hombres nos da idea de un inmenso piélago de errores, entre los cuales algunas pocas verdades, aunque muy distantes entre sí, no se han sumergido. Los sacrificios humanos fueron comunes a casi todas las naciones. ¿Y quién se atreverá a excusarlos? Que algunas pocas sociedades se hayan abstenido solamente, y por poco tiempo, de imponer la pena de muerte me es más bien favorable que contrario; porque es conforme a la fortuna de las grandes verdades, cuya duración no es más que un relámpago en comparación de la larga y tenebrosa noche que rodea los hombres. 

Cesare Beccaria: De los delitos y de las penas

Hoy es el Día Internacional contra la Pena de Muerte. Todavía hay cincuenta y ocho países que mantienen la pena capital en sus ordenamientos jurídicos y veinticinco continúan imponiendo y ejecutando este primitivo y vergonzoso castigo. No sólo sufren este suplicio en estos países los asesinos más desalmados, sino también los acusados por terribles “delitos” como la homosexualidad, el adulterio o la disidencia política. Dejando a un lado los errores judiciales y sus nefastas consecuencias, ¿qué legitimidad puede tener un Estado que ejecuta a sus ciudadanos?, ¿es que no existen otros mecanismos que sean éticamente tolerables, además de más efectivos, para el castigo de los delitos?

Lo más llamativo es la inclusión de un país como Estados Unidos, cuna de la democracia y defensor a ultranza de los Derechos Humanos en el mundo, en una lista donde figuran China, Irán o Arabia Saudí, conocidos “valedores” de estos derechos. Todos conocemos la desgraciada y estremecedora historia de Shakineh Ashtiani, condenada a muerte bajo la acusación de adulterio y asesinato de su marido, en un proceso judicial carente de las más mínimas garatías. La verdad es que casos como éste deberían conducir a una seria reflexión sobre los límites del poder del Estado. La pena de muerte, que se lleva a cabo en nombre del conjunto de la ciudadanía de un país, afecta a todo ser humano. No se puede mirar hacia otro lado. 

Como ayuda a esta necesaria reflexión os dejo un documental del canal TCM sobre la película de Richard Brooks A sangre fría, basada en la inquietante novela homónima de Truman Capote. Como podemos leer en la web de Amnistía Internacional: “La pena capital es la negación más extrema de los derechos humanos: consiste en el homicidio premeditado a sangre fría de un ser humano a manos del Estado y en nombre de la justicia. Viola el derecho a la vida, proclamado en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es el castigo más cruel, inhumano y degradante, sea cual sea la forma que adopte”. Acabemos con la pena de muerte.


4 comentarios:

Anónimo dijo...

No es útil la pena de muerte por el ejemplo que da a los hombres de atrocidad.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Totalmente de acuerdo. Además de inútil es, sobre todo, inmoral.

Anónimo dijo...

La pena de muerte impuesta en los Estados Unidos (no en todos los estados), y en casi todos los países dictatoriales (China, Irán, Cuba, Arabia Saudí...) me parece algo inaceptable donde no se respetan las garantías judiciales del ser humano ni sus derechos. Por otro lado, me llaman la atención aquellos países con ciertas religiones como el islam donde no se respetan los derechos de la mujer entre otros muchos, en Shakineh Ashtiani tenemos un claro ejemplo de la desigualdad de géneros. Otro ejemplo de la violación de los derechos humanos se da en el chino Liu Xiaobo al cual se le otorga el premio nobel de la paz y no se le permite asistir a la ceremonia de entrega del mismo y en el cubano Guillermo Fariñas al que se le reconoce con el premio Sakharov 2010 que otorga el Parlamento europeo y el cual tampoco pudo asistir a su entrega. Para concluir, creo que aún queda mucho camino que recorrer hasta que la humanidad se conciencie del respeto hacia el prójimo.

Un saludo, MªÁngeles Ruiz Román.

Ainhoa López dijo...

Estoy totalmente en desacuerdo con los países donde todabía se da la pena de muerte, porque, ¿qué castigo es ese? es demasiado cruel y pienso que en ese tema las personas que están de acuerdo con la pena de muerte están actuando de manera irracional..
Porque si nos ponemos a pensar, vale, los que son acusados pueden haber matado a miles de personas, o cosas más terribles, pero ¿cómo nos comportamos nosotros al mandarle a la pena de muerte?¿estamos siendo nosotros también unos criminales haciendo eso?
Yo pienso que sí, nos estamos comportando igual que el criminal, de una manera u otra..
Pienso que hay otras miles de formas de hacerle pagar lo que ha hecho sin tener que llegar a esa sentencia de muerte tan cruel, porque ante todo somos personas con unos derechos, y por mucho mal que haya podido hacer, hay que reflexionar un poco sobre ello y pensar si nosotros también nos queremos comportar como tal.

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