lunes, 4 de octubre de 2010

¡Más educación, menos cárceles!

Roberto Rosellini, Socrate, Sócrates y Jantipa
Y ya sabéis cómo era Querefonte, qué vehemente para lo que emprendía. Pues bien, una vez fue a Delfos y tuvo la audacia de preguntar al oráculo esto -pero como he dicho, no protestéis, atenienses-, preguntó si había alguien más sabio que yo. La Pitia le respondió que nadie era más sabio. Acerca de esto os dará testimonio aquí este hermano suyo, puesto que él ha muerto.

Pensad por qué digo estas cosas; voy a mostraros de dónde ha salido esta falsa opinión sobre mí. Así pues, tras oír yo estas palabras reflexionaba así: «¿Qué dice realmente el dios y qué indica en enigma? Yo tengo conciencia de que no soy sabio, ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que realmente dice al afirmar que yo soy muy sabio? Sin duda, no miente; no le es lícito.» Y durante mucho tiempo estuve yo confuso sobre lo que en verdad quería decir. Más tarde, a regañadientes me incliné a una investigación del oráculo del modo siguiente. Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios, en la idea de que, si en alguna parte era posible, allí refutaría el vaticinio y demostraría al oráculo: «Éste es más sabio que yo y tú decías que lo era yo.» Ahora bien, al examinar a éste - pues no necesito citarlo con su nombre, era un político aquel con el que estuve indagando y dialogando experimenté lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero que no lo era. A continuación intentaba yo demostrarle que él creía ser sabio, pero que no lo era. A consecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes. Al retirarme de allí razonaba a solas que yo era más sabio que aquel hombre. Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo.

Platón: Apología de Sócrates, 21a-e

¡Más educación, menos cárceles! Esta podría ser la consigna que resumiera el intelectualismo moral de Sócrates. El filósofo estaba convencido de que los que actúan mal lo hacen porque desconocen lo que es bueno para ellos y para los demás; es decir, la ignorancia es la causa de que se obre de forma malévola e incorrecta, nunca la maldad. Y frente a la ignorancia, la educación, el conocimiento. De ahí la importancia de conocer aquellos valores morales que son beneficiosos tanto para el individuo como para el correcto funcionamiento de las sociedades. El conocimiento tiene, pues, también un interés moral. Esta es la gran lección socrática, todavía no aprendida.

Sócrates nos dejó un método para alcanzar el conocimiento de esos valores, la dialéctica, método que constaba de dos momentos. El primero y principal era la “ironía”, que consistía en asumir la máxima “sólo sé que no se nada”. En efecto, no puede haber sabiduría alguna sin la conciencia de la propia ignorancia. Quien se cree sabio no tiene el más mínimo interés por conocer y se siente, obviamente, muy a gusto en su necedad. Pero para comprobar que se sabe algo lo mejor es intentar definirlo. Si no se alcanza una respuesta satisfactoria es que realmente no se sabe. Y eso hacía Sócrates: hundir su aguijón en la nuca de los ignorantes y poner en evidencia su pretendida sabiduría.

El segundo momento era la “mayéutica”. Una vez reconocida la ignorancia hay que intentar llegar a un conocimiento de la verdad en cuestión. A veces es difícil, por no decir imposible, llegar a una correcta definición de los verdaderos valores a realizar, por ejemplo, la justicia. Pero Sócrates entiende que sólo se puede actuar de manera justa si previamente se conoce qué es la justicia. Y esto requiere de un riguroso análisis interior. Este es el sentido de la otra gran máxima socrática: “conócete a ti mismo”. La verdad no está en los libros ni la poseen los “sabios”: la verdad está dentro de cada uno y nos pertenece a todos. Una vez “paridos” estos valores morales, que siempre resuenan en nuestro interior, es imposible obrar mal. Sólo ellos nos pueden conducir a la felicidad.

Os dejo unas escenas de la película Socrate, dirigida por Roberto Rossellini en 1970 para la RAI. En ellas se representan los últimos días de Sócrates, incluyendo el juicio, la sentencia y su ejecución. El intelectualismo moral y el método dialéctico de Sócrates también quedan muy bien reflejados en los diálogos de los personajes, basados en textos de Platón. La película es, por tanto, una muy buena aproximación al pensamiento de este “molesto” filósofo. Para los alumnos de Educación Ético-Cívica, dejo además un nuevo glog: Sócrates: El primer moralista.


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