lunes, 25 de octubre de 2010

El mito del andrógino

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Pues, a mi parecer, los hombres no se han percatado en absoluto del poder de Eros, puesto que si se hubiesen percatado le habrían levantado los mayores templos y altares y le harían los más grandes sacrificios, no como ahora, que no existe nada de esto relacionado con él, siendo así que debería existir por encima de todo. Pues es el más filántropo de los dioses, al ser auxiliar de los hombres y médico de enfermedades tales que, una vez curadas, habría la mayor felicidad para el género humano. Intentaré, pues, explicaras su poder y vosotros seréis los maestros de los demás. Pero, primero, es preciso que conozcáis la naturaleza humana y las modificaciones que ha sufrido, ya que nuestra antigua naturaleza no era la misma de ahora, sino diferente. En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino un nombre que yace en la ignominia.

Platón: El banquete, 189c-e

La “segunda navegación” condujo a Platón a establecer dos vías para alcanzar el conocimiento: la dialéctica y la vía erótica hacia la belleza que nos ofrece en El banquete. En este célebre diálogo, Platón (hablando a través de Sócrates, como en tantas otras ocasiones) identifica la Belleza en sí con la Idea de Bien de La República. Tal equiparación es realizada en el contexto de un debate sobre el amor propuesto por Agatón, el anfitrión del banquete que le da título al diálogo. Cuando es el turno de Sócrates, éste, instruido en la “filosofía del amor” por Diotima de Mantinea, establece una gradación del amor que va desde el amor físico hasta el grado supremo del amor: la visión de la idea de la Belleza en sí. El amor por la belleza no sólo afecta a la contemplación de los cuerpos bellos; hay también mucha belleza en las almas, las artes, la justicia y las leyes o la ciencia. De ahí que todos esos grados de la belleza conduzcan a la contemplación de la Belleza en sí, de carácter suprasensible y causante, por tanto, de todas las cosas bellas que hay en el mundo. Tal es el camino hacia la Belleza, cuyo conocimiento se adquiere a través de sus manifestaciones sensibles. Y es que la belleza de las cosas concretas puede cambiar o desaparecer; pero, más allá de estas visibles variaciones, hay una eterna y absoluta forma de Belleza.

Sin embargo, el discurso sobre el amor más famoso de El banquete no es el de Sócrates, sino el de Aristófanes, en el que se nos narra el mito del andrógino. El amor no sería otra cosa que la incesante búsqueda del ser humano de su totalidad primigenia, en un anhelo constante por regresar a la perdida armonía originaria de su ser. Superar esa escisión, fruto del castigo divino, regresar a la primitiva naturaleza, ser uno con la persona amada… Sólo así podría alcanzar la felicidad y la perfección el género humano. Por esta razón, Eros es “el más filántropo de los dioses, al ser auxiliar de los hombres y médico de enfermedades tales que, una vez curadas, habría la mayor felicidad para el género humano”. Sólo Eros puede lograr que el ser humano se “cure”, se reencuentre con su otra mitad y se funda con ella, restableciendo su antigua naturaleza y así, siendo dos seres en uno, recupere la unidad perdida. Abajo os dejo completo este bonito y sugerente discurso de Aristófanes en El banquete, acompañado de una estupenda animación de Pascal Szidon sobre este universal mito del andrógino.


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