viernes, 11 de junio de 2010

Lo que cantaba Herofilea

Miguel Ángel Buonarrotti, Sibila Eritrea, Capilla Sixtina
Iudicii signum: tellus sudare madescet.
E coelo rex adveniet per saecula futurus,
Scilicet in carne praesens, ut iudicet orbem.
Unde Deum cernent incredulus atque fidelis
Celsum cum sanctis aevi iam termino in ipse.
Sic animae cum carne aderunt, quas iudicat ipse,
Cum iacet incultus densis in vepribus orbis
Reicient simulacra viri, cunctam quoque gazam,
Exuret terras ignis pontumque polumque
Inquirens taetri portas effringet Averni.
Sanctorum sed enim cunctae lux libera carni
Tradetur, sontes aetema flamma cremabit.
Occultos actus retegens tunc quisque loquetur
Secreta, atque Deus reserabit pectora luci.
Tunc erit et luctus, stridebunt dentibus omnes.
Eripitur solis iubar et chorus interit astris.
Volvetur coelum, lunaris splendor obibit
Deiciet colles, valles extollet ab imo.
Non erit in rebus hominum sublime vel altum.
Iam aequantur campis montes et caerula ponti
Omnia cessabunt, tellus confracta peribit:
Sic pariter fontes torrentur fluminaque igni.
Sed tuba tum sonitum tristem demittet ab alto
Orbe, gemens facinus miserum variosque labores,
Tartaeumque chaos monstrabit terra dehiscens.
Et coram hic Domino reges sistentur ad unum.
Reccidet e coelo ignisque et sulphuris amnis.

La señal del Juicio: La Tierra se empapará en sudor.
El Rey eterno descenderá del cielo,
encarnado, para juzgar el orbe,
de donde tanto los fieles como los infieles reconocerán a Dios,
en lo alto con los santos, en el mismo fin de los tiempos,
ante cuya presencia acudirán las almas reencarnadas para que las juzgue.
El orbe yacerá abandonado, con espesos matorrales;
los hombres arrojarán lejos de sí las imágenes y también todas las riquezas;
el fuego abrasará la tierra y, por el mar y por el cielo
discurriendo, forzará las puertas del abominable infierno.
Entonces será dada la luz a todos los cuerpos de los santos, puestos en libertad,
y la llama eterna abrasará a los culpables.
Todo el mundo, tras examinar su conciencia, confesará
sus culpas y Dios abrirá los corazones a la luz.
Entonces habrá aflicción y a todo les chasquearán los dientes.
El resplandor del sol desaparecerá y cesará la armonía de las esferas;
el cielo se agitará y la luna se pondrá;
los collados se derrumbarán y los valles se alzarán.
No habrá en las cosas humanas nada sublime o elevado.
Los montes se nivelarán con los campos y la inmensidad del mar
todo lo anegará; la tierra, resquebrajada, perecerá;
el fuego secará fuentes y ríos.
Entonces la trompeta emitirá un sonido triste desde lo alto
del orbe, lamentando el mísero crimen y sus varias fatigas.
La tierra, entreabriéndose, pondrá al descubierto el paso de los infiernos.
Hasta el último de los reyes comparecerá entonces ante el Señor.
Un torrente de fuego y azufre caerá del cielo.

Agustín de Hipona: La ciudad de Dios

La idea del fin del mundo es consustancial al pensamiento cristiano. Su texto más conocido es el Apocalipsis de san Juan, pero no hay que olvidar los Oracula Sibyllina. Las sibilas eran mujeres sabias a quienes los antiguos atribuyeron un espíritu profético. De todas ellas, la más antigua fue Herofilea, la Sibila de Eritrea, cuyas profecías han estimulado a numerosos pintores, poetas, filósofos, teólogos y músicos, convirtiéndola en un personaje inconfundible de la cultura occidental.

Y esto es así porque la tradición de la Sibila pasó de Grecia a Roma, creciendo en prestigio al quedar depositados los oráculos sibilinos en el Capitolio y consultados sólo en ocasiones muy especiales. Pero, además, los judíos recurrieron a estas profecías para reforzar el valor de los vaticinios mesiánicos de sus profetas. En efecto, el helenizado judaísmo de la época no dudó en manipular los textos originales para propagar su fe, buscando legitimidad en los escritos clásicos. Teniendo en cuanta la reputación de las sibilas entre los griegos, un augurio puesto en boca de las sibilas referente a la fe judaica podría ser determinante para su permanencia.

El cristianismo, como es bien sabido, tomaría también buena nota de esta alianza entre la cultura greco-romana y el judaísmo. Así, desaparecidos los oráculos originales, nos han quedado los quince Oracula Sibyllina, todos pertenecientes a la cultura judaico-cristiana y escritos entre la segunda mitad del siglo II a.C. y la primera mitad del siglo III d.C. Se conservan en copias manuscritas que datan de los siglos XIV y XV y en ellos hay fragmentos de oráculos de la antigüedad o de origen judío y escritos cristianos que tratan sobre todo de Cristo. El propio Agustín de Hipona agregó al Libro XVIII de La ciudad de Dios los versos de la Sibila de Eritrea, que figuran más arriba, y que suponen la incorporación definitiva de la Sibila al mundo cristiano, sobre todo a la liturgia.

No se sabe cuando se puso música a los versos de la Sibila, pero se han conservado verdaderas joyas musicales que responden al nombre de El canto de la Sibila, que se popularizó en catedrales e iglesias de toda España desde el siglo X hasta el Concilio de Trento en 1545. Pero Trento no acabó del todo con las representaciones que se celebraban de la Sibila: la tradición a veces manda más que la autoridad y en algunos lugares, como Toledo, se siguió cantando y representando hasta finales del siglo XVIII.

Os dejo con un ludicii signum, perteneciente a una Sibila anónima cordobesa del siglo X, en la impresionante voz de Montserrat Figueras. Debajo de otra sibila también famosa, la de Cumas, podéis escuchar la Tocata de la Sibila Castellana, con La Capella Reial de Catalunya y Jordi Savall. Sería una buena banda sonora para acompañar los augurios de tanto profeta del apocalipsis que tenemos que sufrir últimamente, sobre todo en la prensa y en los platós de televisión. ¡Buen apetito!

Miguel Ángel Buonarrotti, Sibila Cumana, Capilla Sixtina



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