viernes, 21 de mayo de 2010

Los errores de Wotan I

Arthur Rackham, Alberich
Alberich

¿Ya soy libre?
¿realmente libre?
Pues entonces, déjame que te dé
el primer saludo de mi libertad.
Tal como llegó a ser mío
gracias a la maldición,
que ahora el anillo,
esté siempre maldito.
Tal como su oro me otorgó,
un poder sin límites,
que ahora su magia
conceda la muerte a aquel que lo lleve.
Ningún hombre feliz
se alegrará con él,
ningún hombre afortunado conocerá la sonrisa
de su brillante resplandor.
Cualquiera que lo posea
se sentirá agobiado por lo problemas,
y cualquiera que ahora lo tenga
será acosado por la envidia.
Todo el mundo ansiará poseerlo,
pero nadie le sacará
ningún provecho.
Sin beneficio alguno, su dueño lo habrá de vigilar,
pues el anillo le llevará hasta sus asesinos.
Convencido de que ha de morir,
el cobarde se verá poseído por el miedo.
Mientras viva,
suspirará por la muerte,
y el señor del anillo
se convertirá en su esclavo,
hasta que mis manos vuelvan a sostener,
lo que me fue robado.
Con la mayor de las angustias,
ésta es la bendición
que el Nibelungo otorga a su anillo.
Ahora, te lo puedes quedar,
pero guárdalo bien:
mi maldición no desaparecerá.

Richard Wagner: Das Rheingold

Decía Ángel Mayo que el verdadero protagonista de El Anillo de los Nibelungos es Wotan y que su tragedia es la tragedia de la voluntad de poder. Esa voluntad de ilusión que, para Nietzsche, conoce la auténtica realidad del ser: el devenir, y que se presenta como una fuerza universal impulsora porque, precisamente, es “una voluntad para la acumulación de la fuerza”.

Concebida como una “ópera del futuro”, la tetralogía wagneriana, estructurada en un prólogo y tres jornadas, interpreta los antiguos mitos germanos contenidos en los Edda y el Nibelungenlied en términos de una verdadera regeneración de la humanidad, libre de pactos y leyes, para lo que es necesario la destrucción total del caduco orden social; un orden basado en la ambición y el poder, cuya raíz se encuentra en el mito y sus ansias de dominio de la naturaleza. Y es que no hay poder sin renuncia y sin agresión a la naturaleza. Es lo que se nos cuenta en Das Rheingold, El oro de Rin: Alberich, el nibelungo, sediento de poder, renuncia al amor y roba el oro custodiado por esas voces de la naturaleza que son las ondinas. Tras esa violación de la naturaleza impone un régimen de terror en las oscuridades abisales del Nibelheim desde el que diseña un ataque a las alturas.

Pero no es el único atentado cometido contra la naturaleza. Anteriormente, Wotan, a cambio de uno de sus ojos, arrancó una rama de Yggdrasil, el fresno del mundo, convirtiéndose con ese acto en el verdadero señor del universo. Todo el poder de la naturaleza queda transferido a la lanza fabricada con la rama, convertida en símbolo de una ley que todos tienen que acatar. Wotan se convierte en el legislador de un mundo alterado por su agresión: incluso él deberá someterse a la ley de la lanza. Una ley que exige restituir el equilibrio natural y devolver a las hijas del Rin ese oro convertido en anillo, símbolo de una naturaleza violada por partida doble.

Pero Wotan es incapaz de restablecer el orden natural: se debe a sus pactos. Tendrá que saldar su deuda con los gigantes, o entregando a Freia, o con el oro. De esta manera, y seducido por este nuevo instrumento de poder, le arrebata violentamente el anillo al nibelungo, iniciando toda una cadena de acontecimientos que pondrá fin a todo un orden jurídico y moral. Las llamas del Walhalla darán paso a una naturaleza restablecida y a una nueva era, alejada ya de la alienación de los mitos, libre de dioses y de antiguos pactos.

Os dejo unos vídeos del espectacular y futurista montaje que la Fura dels Baus y Carles Padrissa realizaron sobre la tetralogía, “la obra más ambiciosa de la civilización occidental”, para el Palau de les Arts de Valencia, con la Orquestra de la Comunitat Valenciana, dirigida por Zubin Mehta. Os enlazo también un cómic, ya clásico, de Roy Thomas. Si queréis leer el libreto de El oro del Rin en castellano, pulsad aquí. Por último, os invito a que escuchéis el magistral preludio de El oro del Rin, en versión de Georg Solti y la Filarmónica de Viena. Guten Appetit!




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