miércoles, 14 de abril de 2010

“Promesse de bonheur”

The Petrie Lounge, Kunstbar


“Porque quizá lo que en arte puede ser llamado «belleza» -si es que admitimos que lo que pretende el arte es producir belleza a toda costa- tiene poco que ver en muchas ocasiones con el sentimiento de agrado o con la placidez de lo decorativo. El poeta Rainer María Rilke opinaba que la belleza «es aquel grado de lo terrible que aún podemos soportar». La atracción del arte no nos llega siempre como una suave caricia sino a menudo como un zarpazo. Alain, un pensador contemporáneo que escribió mucho sobre el proceso artístico, señala que «lo bello no gusta ni disgusta sino que nos detiene». El primordial efecto estético es fijar la atención distraída que resbala sobre la superficie de las cosas, las formas, los sentimientos o los sonidos sin prestarles más que una consideración rutinaria. Según este criterio, es realmente hermoso todo aquello en lo que no hay más remedio que fijarse. Más que buscar nuestra complacencia o nuestro acuerdo, el arte reclama nuestra atención. Y quedar atentos puede ser lo opuesto a dejarnos invadir por lo inmediatamente gratificante, como quien se introduce tras un largo día de esfuerzos en un baño bien caliente. Más bien lo contrario, si le damos la razón a otro pensador actual -Theodor W. Adorno- que en su Estética sostiene que «el logro estético podría definirse como la capacidad de producir algún tipo de escalofrío, como si la piel de gallina fuese la primera imagen estética». Nos estremece lo que no nos permite pasar de largo, lo que nos agarra, sujeta y zarandea: la evidencia de lo real, deslumbrante y atroz, que quizá nunca habíamos advertido antes en su pureza y desnudez implacables. Paradoja de la belleza, que a veces puede ser experimentada como beatitud y en otras ocasiones como escalofrío...”

Fernando Savater, Las preguntas de la vida

La amplitud del currículo de Filosofía y Ciudadanía y la limitación horaria a la que se ve sometida la asignatura, nos impiden detenernos en muchas cuestiones que son del máximo interés. Una de ellas es la referente a la experiencia estética y su objeto de estudio: lo que denominamos “lo bello”. Y lo bello es difícil. Lo bello lo capta el individuo tanto a través de su inteligencia como de su sensibilidad; por eso la cualidad de belleza que poseen algunas cosas provoca en él un sentimiento muy especial que designamos como “vivencia estética”. Lo estético pone en juego elementos tanto racionales como irracionales de la persona, por lo que todo lo relacionado con la belleza resulta muy difícil de entender y explicar. De ahí que los elementos contrapuestos que componen lo estético hacen que también las diversas teorías explicativas sean, muchas veces, contradictorias.

La búsqueda de la belleza siempre ha sido una constante de la historia del arte, un elemento motor. Sin embargo, el arte no es necesariamente creación o producción de objetos bellos. Más que la “forma bella”, el arte procura la “forma significativa”, que a veces nos aproxima a un cosmos ideal de armonías y otras veces al mundo del dolor y del sufrimiento. Por eso, como dice Adorno, toda emoción estética se caracteriza por la predisposición humana al “escalofrío”, que puede ser producido tanto por la belleza como por la fealdad. La visión de una obra de arte desencadena, pues, en el espectador unos efectos que desbordan el simple deleite. Por tanto, hay que reparar en el hecho de que el arte posee otras dimensiones que van más allá del goce estético, como se puede apreciar, sobre todo, en el arte moderno. A este respecto, dice también Savater:


“La trayectoria del arte moderno, sobre todo el más contemporáneo, nos abruma con distorsiones del sonido y de la forma, nos enfrenta a lo monstruoso, nos familiariza con los desgarramientos de almas sin esperanza. Sin embargo, también a través de él podemos sentir el estremecimiento conmovedor de la belleza y logramos a veces, incluso desde un radical desasosiego, vislumbrar ciertas formas de serenidad. ¿Traición a la belleza? Quizá todo lo contrario: un intento de no ofrecerla demasiado barata, fácil y accesible, es decir: engañosa. El novelista Stendhal dijo memorablemente que «la belleza es una promesa de felicidad». Pero mantener viva la aspiración a la armonía que encierra esa promesa nos obliga a comprometernos hasta el final con lo malo, lo falso y lo feo de la realidad no reconciliada aún en que vivimos. En la denuncia de lo que falta se vislumbra al trasluz la posibilidad futura de lo que podría ser la plenitud. Sin duda el peligro de esta trayectoria es caer en lo meramente chocante o en formas tan abstrusas de representación estética que requieran la aceptación de disquisiciones teóricas para digerir lo que resulta sensorial o emotivamente arbitrario, provocando además una radical confrontación entre los productos artísticos populares -que el mercado se encarga de vulgarizar más y más- y el llamado «gran arte» cada vez más reservado a una élite que tanto puede ser de entendidos como de simples pedantes.”

Fernando Savater, Las preguntas de la vida

La belleza es, pues, “una promesa de felicidad”, con todo lo que conlleva: cadencia vital, pero también crueldad, falsedad, imperfección, sufrimiento… Sin embargo, no toda producción artística es arte. Como decía Picasso, no se hace pintura para “decorar habitaciones”. Quizá éste sea el problema del arte contemporáneo: el arte debe ser capaz de portar y transmitir sentidos, sean cuales sean sus estrategias de representación, o será otra cosa, nunca arte. Os dejo con Kunstbar, un estupendo y surrealista corto de animación de The Petrie Lounge, que es todo un homenaje al arte y a la pintura moderna. Si lo queréis descargar en formato mov (se abre con QuickTime Player), pulsad aquí.

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