jueves, 15 de abril de 2010

Convicciones y responsabilidad

Dan Kofler, Inquisición

“Tenemos que ver con claridad que cualquier acción orientada éticamente puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí y totalmente opuestas: puede orientarse según la ética de la “convicción” o según la ética de la “responsabilidad”. No es que la ética de la convicción signifique una falta de responsabilidad o que la ética de la responsabilidad suponga una falta de convicción. No se trata de eso. Sin embargo, entre un modo de actuar conforme a la máxima de una ética de convicción, cuyo ordenamiento, religiosamente hablando dice: “el cristiano obra bien y deja los resultados a la voluntad de Dios”, y el otro modo de obrar según una máxima de la ética de la responsabilidad, tal como la que ordena tener presente las previsibles “consecuencias” de la propia actuación, existe una insondable diferencia. En el caso de que ustedes intenten explicar a un sindicalista, así sea lo más elocuentemente posible, que las consecuencias de su modo de proceder habrán de aumentar las posibilidades de la reacción y acrecentarán la tiranía sobre su clase, dificultando su ascenso, no será posible causarle efecto, en el caso de que ese sindicalista se mantenga inflexible en su ética de convicción. En el momento que las consecuencias de una acción con arreglo a una ética de la convicción resultan funestas, quien la llevó a cabo, lejos de considerarse comprometido con ellas, responsabiliza al mundo, a la necedad de los hombres o la voluntad de Dios por haberlas hecho así. Por el contrario, quien actúa apegado a una ética de la responsabilidad toma en consideración todas las fallas del hombre medio. Tal como opina Fichte, no le asiste derecho alguno a dar crédito a la bondad y perfección del hombre, considerándose que su situación no le permite imputar a otros aquellas consecuencias de su proceder que bien pudieron serle previsibles. Siempre se dirá que tales consecuencias deben achacarse a su proceder. A la inversa quien se rige por una ética de la convicción sólo siente la responsabilidad de que no vaya a flamear la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la reprobación de las injusticias del orden social. Prender la mecha una vez tras otra es el fin por el cual se actúa. Y que desde el punto de vista de un probable triunfo, es totalmente irracional y tan sólo puede considerársele en calidad de valor ejemplar.”

Max Weber, El político y el científico

«Responsabilidad» y «convicción» son los dos extremos entre los que oscila la acción moral y la política. Como dice Max Weber en este conocido pasaje de El político y el científico, ambas son irremediablemente opuestas pero, no obstante, se necesitan. La «ética de la convicción» está movida exclusivamente por la obligación moral y la intransigencia en el servicio a los grandes principios. Por ello, quien la sigue corre el riesgo de convertirse en una especie de visionario cósmico-ético de una racionalidad que no se observa en ningún lugar: para él es inconcebible la irracionalidad ética del mundo. Sin embargo, no existen normas de valor incondicional que sean válidas en sí mismas y para cualquier escenario posible. Sólo hay que acudir a la historia para comprobarlo. Por esta razón, sólo una «ética de la responsabilidad» que valore las consecuencias de los actos y coteje los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones ante una determinada situación; que tenga siempre en cuenta las consecuencias de las propias decisiones, en suma, podría evitar dogmatismos innecesarios.

Weber nos remite a El Gran Inquisidor, el conocido pasaje de Los hermanos Karamázov, de Dostoievski, dónde ya se plantea este problema de los límites entre convicciones y responsabilidad. Lo que está claro es que hay que saber navegar entre estos dos extremos, si lo que queremos es no pasar por ser unos meros oportunistas o, casi peor aún, por santos candorosos o fanáticos. Abajo podéis leer el relato de Dostoievski: Jesucristo ha regresado a la Tierra y es encarcelado por la Inquisición sevillana tras realizar algunos milagros. Las palabras de la máxima autoridad del Santo Oficio no tienen desperdicio. El inquisidor acusa a Jesucristo de darles libre albedrío a los hombres, consiguiendo con ello la condena de la humanidad a la miseria y al desánimo. Os dejo también una presentación con orientaciones sobre cómo realizar las recensiones de los libros que tenéis que presentar el próximo mes. No seáis perezosos.



El Gran Inquisidor

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