martes, 2 de marzo de 2010

Romper las cadenas

Gerome, Subasta de esclavos

“El hombre sólo se hace realmente hombre, sólo conquista la posibilidad de su emancipación interior, en tanto que consigue romper las cadenas de esclavo que la naturaleza exterior hace pesar sobre todos los seres vivos. (…)

Yo no soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de los demás, lejos de restringir o de negar mi libertad, es, por el contrario, su condición necesaria y su confirmación. Me vuelvo libre, en el verdadero sentido, sólo gracias a la libertad de los demás: cuanto mayor es el número de personas libres que me rodea y más profunda y más grande y extensa su libertad, más profunda y mayor se torna la mía. Por el contrario, es la esclavitud de los hombres la que establece una barrera para mi libertad, su bestialidad implica la negación de mi humanidad porque, lo repito nuevamente, puedo considerarme una persona libre sólo cuando mi libertad, o sea, mi dignidad y mi derecho humano, cuya esencia es no obedecer a nadie y seguir la guía de mis propias ideas, es reflejada por la conciencia igualmente libre de todos los hombres y vuelve a mí, confirmada por el asentimiento de todos. Mi libertad personal, así confirmada por la libertad de todos los demás, se extiende al infinito”

Bakunin, La libertad

Podemos leer en el Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”. Aristóteles pensaba que la esclavitud era necesaria para que una sociedad funcionase. Hoy pensamos de otra manera: no podemos ser libres si los demás no lo son también. Antiguamente se denominaba “libre albedrío” a la libertad de la voluntad, es decir, a la capacidad de determinarse a sí mismo. Y esto sólo es posible con independencia y autonomía: independencia respecto a cualquier tipo de opresión interna que determine nuestras elecciones y autonomía para elegir las propias metas.

Sin embargo, esto no es posible si previamente no disfrutamos de una auténtica libertad política o social, lo que se conoce como “libertad externa”. Como bien señala Bakunin en el texto de arriba, no es posible disfrutar de ese libre albedrío si ignoramos la dimensión política de la libertad. Tampoco podemos hablar estrictamente de libertad cuando una sociedad está formada por individuos que no son “interiormente” libres. Esto explica el por qué algunas personas no puedan afrontar la responsabilidad de ser libres y prefieran nuevas formas de esclavitud. Es lo que afirmaba Erich Fromm en su ensayo El miedo a la libertad.

La libertad implica, pues, la posibilidad de poder tomar decisiones y llevar a cabo acciones sin imposiciones externas. Sólo el esclavo no es dueño de sus actos y, por tanto, no se responsabiliza de ellos ante la sociedad y sus leyes. Los tiempos de Espartaco ya han pasado; sin embargo, observamos nuevas formas de servidumbre (elegidas o no) que limitan la libertad de todos, haciendo de la emancipación un ideal imposible. Como decía Unamuno, “La libertad es un bien común y cuando no participen todos de ella, no serán libres los que se creen tales.”

Os dejo un fragmento de la película Espartaco de Kubrick, donde se muestra la compra de esclavos en una cantera y su posterior marcado con un hierro candente en la escuela de gladiadores del comprador. En la antigua Roma había otras alternativas al “retiro interior” de los estoicos, aunque no fuera muy habitual: la rebelión, romper las cadenas.

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