miércoles, 17 de febrero de 2010

“La Dama y la Muerte”: por una muerte digna


Praskovya Fyodorovna empezó a hablarle de las medicinas, pero él volvió los ojos hacia ella y esa mirada -dirigida exclusivamente a ella- expresaba un rencor tan profundo que Praskovya Fyodorovna no acabó de decirle lo que a decirle había venido.

-¡Por los clavos de Cristo, déjame morir en paz! -dijo él.

Ella se dispuso a salir, pero en ese momento entró la hija y se acercó a dar los buenos días. Él miró a la hija igual que había mirado a la madre, y a las preguntas de aquélla por su salud contestó secamente que pronto quedarían libres de él. Las dos mujeres callaron, estuvieron sentadas un ratito y se fueron.

-¿Tenemos nosotras la culpa? -preguntó Liza a su madre-. ¡Es como si nos la echara! Lo siento por papá, ¿pero por qué nos atormenta así?

Llegó el médico a la hora de costumbre. Iván Ilich contestaba «sí» y «no» sin apartar de él los ojos cargados de inquina, y al final dijo:

-Bien sabe usted que no puede hacer nada por mí; conque déjeme en paz.

-Podemos calmarle el dolor -respondió el médico.

-Ni siquiera eso. Déjeme.

El médico salió a la sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.

Era cierto lo que decía el médico, que los dolores de Iván Ilich debían de ser atroces; pero más atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.

Esos dolores morales resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

León Tolstoi, La muerte de Iván Ilich

Leemos hoy en El País un artículo de Walter Oppenheimer referente al debate abierto acerca de la eutanasia y el suicidio asistido que se está produciendo en Reino Unido a propósito de unas declaraciones que Ray Gosling, un veterano periodista de la BBC, ha realizado para un documental, donde ha confesado que hace años mató a su amante, enfermo terminal, cumpliendo así un pacto entre ellos. "Sufría un dolor terrible, yo estaba ahí y lo veía. Es algo que te rompe en pedazos. Cuando amas a alguien, es difícil verle sufrir", declaró.


Somos muchos los que pensamos que se debe reconocer con urgencia el derecho a una muerte digna y su efectiva implantación legal. Aunque hay sectores de la sociedad muy reacios a cualquier modificación en este sentido −todavía está fresco en la memoria el caso de las sedaciones del servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés y el linchamiento mediático de su ex responsable, el doctor Montes−, cada vez hay más personas que demandan el derecho al alivio del sufrimiento al final de su vida. Ahí quedan los casos recientes de Eluana Englaro o Inmaculada Echevarría, que nos incitan a una reflexión serena sobre la dignidad de la vida y la muerte, algo que, por otro lado, siempre nos ha enseñado la literatura. La muerte de Iván Ilich es un magnífico ejemplo, como también lo es La montaña mágica de Thomas Mann o la magnífica obra ganadora del Goya al mejor corto de animación en la edición de este año: La Dama y la Muerte, de Javier Recio Gracia, candidata también al Oscar en la misma categoría. Se trata de una historia, narrada en tono de comedia, en la que un médico especialista en encarnizamientos terapéuticos se disputa con la Muerte la vida de una anciana que no quiere otra cosa que morir en paz. Una vez más, desde el humor se pueden tratar temas muy serios. Suerte para Javier Recio.

- Permítame, permítame, ingeniero, que le diga, e insisto sobre este punto, que la única manera sana y noble, es más, la única manera religiosa de considerar una muerte consiste en encontrarla y en entenderla como una parte, como un complemento, como una condición sagrada de la vida y no (lo que sería lo contrario de la salud, la nobleza, la razón y el sentimiento religioso) en separarla de ella, en hacerla un argumento contra ello. Los antiguos decoraban sus sarcófagos con símbolos de la vida y la fecundidad, incluso con símbolos obscenos. En la religión antigua, lo sagrado se confundía con frecuencia con lo obsceno. Aquellos hombres sabían honrar a la muerte. Mire, la muerte es digna de respeto, como la cuna de la vida, como el seno de la renovación. Pero opuesta a ésta y separada de ella se convierte en un fantasma, en una máscara o en una cosa peor todavía, pues la muerte entendida como una potencia espiritual independiente es depravada; su atractivo perverso es indudablemente muy fuerte, y sería sin duda el más espantoso extravío del espíritu humano querer simpatizar con ella.

Thomas Mann, La montaña mágica

La dama y la muerte de Javier Recio from Muy animados on Vimeo.

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