domingo, 28 de febrero de 2010

El argumento ontológico



“Si sólo por el hecho de poder extraer de mi pensamiento la idea de cualquier cosa se sigue que todo lo demás que percibo claramente referente a ella se refiere a ella en realidad, ¿no se puede obtener de aquí un argumento para probar la existencia de Dios? Ciertamente encuentro no menos en mí su idea, es decir, la de un ente sumamente perfecto, que la idea de cualquier figura o número; y me doy cuenta de que no menos clara y definidamente atañe a su naturaleza el que siempre exista, que lo que demuestro de un número o de una figura atañe a la naturaleza de ellos; por lo tanto, aunque no fuesen verdad todas las cosas que medité en los días anteriores, en el mismo grado de certeza debería estar en mí al menos la existencia de Dios que lo estuvieron hasta ahora las verdades matemáticas.

Con todo, esto no es evidente a primera vista, sino que incluso tiene una cierta apariencia de sofisma. Estando acostumbrado a separar en las demás cosas la existencia de la esencia, me persuado fácilmente de que aquélla se puede separar de la esencia de Dios, y que por tanto se puede pensar a Dios como no existente. Sin embargo, si se presta un poco más de atención, aparece manifiestamente que la existencia no menos puede separarse de la esencia de Dios que de la esencia del triángulo la magnitud de los tres ángulos iguales a dos rectos, o de la idea de monte la idea de valle, de modo que no menos repugna pensar en Dios (es decir, un ente sumamente perfecto), a quien falte la existencia (es decir, al que falte una perfección), que pensar un monte a quien falte un valle.”


Descartes, Meditaciones metafísicas. 5ª meditación

Descartes, en su intento por construir un saber unificado, recurrió al muy discutido argumento ontológico para probar la existencia de Dios. Denominado así por Kant en el siglo XVIII, se trata de un razonamiento apriorístico que pretende demostrar que Dios existe apelando exclusivamente a la razón. Aunque el planteamiento más conocido es el de Anselmo de Canterbury en su Proslogion, fue Avicena quien primeramente lo formuló. Posteriormente, Descartes, Leibniz o Kurt Gödel ofrecieron otras versiones del mismo; otros lo han rechazado sin contemplaciones, como Averroes, Hume, Kant, Russell o Frege. Es curioso que muchos de sus críticos provengan del campo de la teología. Tal es el caso de Tomás de Aquino, Ockham o Roger Bacon.

Dentro de poco veremos la demoledora crítica a la que sometió Kant este argumento. De momento, os dejo la versión de Anselmo de Canterbury, que sólo difiere de la cartesiana en el diferente concepto de Dios que se toma como punto de partida. Así, si para Descartes Dios es el depositario de todas las perfecciones; en Anselmo de Canterbury, Dios es un ser tal que nada mayor puede ser concebido. También os dejo una presentación de Concepción Pérez que os ayudará a entender mejor este polémico argumento. No seáis perezosos.


“Así, pues, ¡oh Señor!, tú que das inteligencia a la fe, concédeme, cuanto conozcas que me sea conveniente, entender que existes, como lo creemos, y que eres lo que creemos. Ciertamente creemos que tú eres algo mayor que lo cual nada puede ser pensado. Se trata, de saber si existe una naturaleza que sea tal, porque el insensato ha dicho en su corazón: no hay Dios. Pero cuando me oye decir que hay algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, este mismo insensato entiende lo que digo; lo que entiende está en su entendimiento, incluso aunque no crea que aquello existe. Porque una cosa es que la cosa exista en el entendimiento, y otra que entienda que la cosa existe. Porque cuando el pintor piensa de antemano el cuadro que va a hacer, lo tiene ciertamente en su entendimiento, pero no entiende todavía que exista lo que todavía no ha realizado. Cuando, por el contrario, lo tiene pintado, no solamente lo tiene en el entendimiento sino que entiende también que existe lo que ha hecho. El insensato tiene que conceder que tiene en el entendimiento algo por encima de lo cual no se puede pensar nada mayor, porque cuando oye esto, lo entiende, y todo lo que se entiende existe en el entendimiento; y ciertamente aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado, no puede existir en el solo entendimiento. Pues si existe, aunque sea sólo en el entendimiento, puede pensarse que exista también en la realidad, lo que es mayor. Por consiguiente, si aquello mayor que lo cual nada puede pensarse existiese sólo en el entendimiento, se podría pensar algo mayor que aquello que es tal que no puede pensarse nada mayor. Luego existe sin duda, en el entendimiento y en la realidad, algo mayor que lo cual nada puede ser pensado.”

Anselmo de Canterbury, Proslogion, cap. 2

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