viernes, 19 de febrero de 2010

Danzas para Guidoriccio da Fogliano

Simone Martini, Guidoriccio da Fogliano
Debéis, pues, saber que existen dos formas de combatir: la una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera es propia del hombre, la segunda de las bestias; pero como la primera muchas veces no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, es necesario a un príncipe saber utilizar correctamente la bestia y el hombre. Este punto fue enseñado veladamente a los príncipes por los antiguos autores, los cuales escriben cómo Aquiles y otros muchos de aquellos príncipes antiguos fueron entregados al centauro Quirón para que los educara bajo su disciplina. Esto de tener por preceptor a alguien medio bestia y medio hombre no quiere decir otra cosa sino que es necesario a un príncipe saber usar una y otra naturaleza y que la una no dura sin la otra.

Estando, por tanto, un príncipe obligado a saber utilizar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas la zorra y el león, porque el león no se protege de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos. Los que solamente hacen de león no saben lo que se llevan entre manos. No puede, por tanto, un señor prudente —ni debe— guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero —puesto que son malos y no te guardarían a ti su palabra— tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya. Además, jamás faltaron a un príncipe razones legítimas con las que disfrazar la violación de sus promesas. Se podría dar de esto infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han permanecido sin ratificar y estériles por la infidelidad de los príncipes; y quien ha sabido hacer mejor la zorra ha salido mejor librado. Pero es necesario saber colorear bien esta naturaleza y ser un gran simulador y disimulador: y los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar. (…)


No es, por tanto, necesario a un príncipe poseer todas las cualidades anteriormente mencionadas, pero es muy necesario que parezca tenerlas. E incluso me atreveré a decir que si se las tiene y se las observa siempre son perjudiciales, pero si aparenta tenerlas son útiles; por ejemplo: parecer clemente, leal, humano, íntegro, devoto, y serlo, pero tener el ánimo predispuesto de tal manera que si es necesario no serlo, puedas y sepas adoptar la cualidad contraria. Y se ha de tener en cuenta que un Príncipe —y especialmente un príncipe nuevo— no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión.

MAQUIAVELO, El Príncipe, cap. XVIII, “De qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada”

Este célebre fresco atribuido al gran Simone Martini, ubicado en el Palazzo Pubblico de Siena y una de las joyas de la pintura del Trecento, es todo un homenaje al condotiero Giudoriccio da Fogliano. Estos señores de la guerra, auténticos maestros en el “maquiavélico” arte de faltar a la palabra dada, fueron muy habituales en la historia italiana de finales de la Edad Media y el primer Renacimiento y, lógicamente, muy representados en el arte de este periodo. El Gattamelata de Donatello o la estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni de Verrocchio, entre otras obras, así lo indica.


El Trecento fue también la época de la consolidación tanto del italiano como lengua nacional, como de su literatura. La Toscana siempre ha producido algo más que un vino excelente: es, sin duda, la tierra del arte. Y es que toscanos son los máximos responsables de este florecimiento literario. Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio llevaron a las letras italianas a unas cimas creativas sin igual en Europa y, de paso, pusieron las primeras piedras de ese nuevo periodo esplendoroso y fecundo que fue el Renacimiento. ¡Pobre Italia! Lo que ha enriquecido en el pasado a la cultura europea y la lamentable imagen que nos ofrece ahora.


Os dejo, como no podía ser de otra manera, con música del Trecento. Se trata del conocidísimo Lamento de Tristano, una de las pocas piezas del repertorio instrumental del Trecento italiano que han sobrevivido a la historia y que forma parte del Manuscrito de Londres. Estructurado en dos partes: Lamento di Tristano / La Rotta, la versión que os presento es la del Dufay Collective, perteneciente a su álbum A L'Estampida, uno de los mejores discos de música medieval publicado en los últimos años. En su estado de indigencia cultural permanente, seguro que Berlusconi y los suyos ni lo conocen. Buon appetito!



Lamento di Tristano



La Rotta

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