viernes, 15 de enero de 2010

Perderse en sí mismo

Edvard Munch, El grito (Skrik)

“Prometeo no encadenado a una roca sino sentado en una silla y picoteado no por un águila sino por su propia mirada. Prometeo es un hombre de hoy, uno de nosotros, no ha robado el fuego y paga una condena por un pecado sin remisión: estar vivo. El lugar de su condena no es una montaña en el Cáucaso ni las entrañas de la tierra: es una habitación cualquiera en esta o aquella ciudad. O una calle por la que desfilan transeúntes anónimos.

Munch fue uno de los primeros artistas que pintó la enajenación de los hombres extraviados en las ciudades modernas. Su cuadro más célebre, El grito, parece una imagen anticipada de ciertos paisajes de The Waste Land.

Nada de lo que han hecho los pintores contemporáneos, por ejemplo Edward Hopper, tiene la desolación y la angustia de esa obra. Oímos El grito no con los oídos sino con los ojos y con el alma. ¿Y qué es lo que oímos? El silencio eterno. No el de los espacios infinitos que aterró a Pascal sino el silencio de los hombres. Un silencio ensordecedor, idéntico al inmenso e insensato clamor que suena desde el comienzo de la historia. El grito es el reverso de la música de las esferas.

Aquella música tampoco podía oírse con los sentidos sino con el espíritu. Sin embargo, aunque inaudible, otorgaba a los hombres la certidumbre de vivir en un cosmos armonioso; El grito de Munch, palabra sin palabra, es el silencio del hombre errante en las ciudades sin alma y frente a un cielo deshabitado.”


Como se desprende de estas palabras de Octavio Paz, es muy difícil ponerle música a la obra de Munch. La obra del pintor noruego se inserta en la corriente germánica expresionista que desde siempre intentó darle voz a lo inexpresable. Ya Schubert supo ver el interminable y triste deambular sobre la tierra que es la vida y la dificultad que entrañaba el darle forma a la única salida digna que le quedaba al vagabundo: el silencio. Sin embargo, apostó por un conmovedor lirismo que tenía los días contados. Partiendo de esa anticipada denuncia, pintores, escritores y músicos firmarían más tarde la liquidación definitiva de la forma.

Munch fue también un precursor del expresionismo, aunque esta tendencia no lo defina enteramente. Lo que es evidente es que su obra plasma la idea de un destino cruel e inexorable en el hombre: el deambular perdido, ya sea en la naturaleza o entre sus semejantes. Como dice también Octavio Paz, “para Munch el hombre es un juguete que gira entre los dientes acerados de la rueda cósmica. La rueda lo levanta y un momento después lo tritura. En esta visión negra del destino humano se alían el determinismo biológico de su época y su cristianismo protestante, su infancia desdichada ―las muertes tempranas de su madre y de una hermana, la locura de otra,― y el pesimismo de Strindberg, su creencia supersticiosa en la herencia y la sombra de Raskolnikov, sus tempestuosos amores y su alcoholismo, su profunda comprensión del mundo natural ―bosques, colinas, cielos, mar, hombres, mujeres, niños― y su horror ante la civilización y el feroz animal humano”.

Os dejo la última de las tres piezas para orquesta del expresionista también Alban Berg, una pavorosa marcha densa, compleja y, sobre todo, de sorprendente fuerza y belleza, como música de “fondo” para amenizar un recorrido por la obra del genial pintor. Schubert, Mahler, Schönberg e, incluso, Debussy, confluyen en esta magnífica pieza; sin duda, una obra maestra de la Escuela de Viena. Guten Appetit!

Edvard Munch: los colores del Norte. Created by jacgmur





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