viernes, 22 de enero de 2010

Música para las damas de Vermeer

Johannes Vermeer, La lección de música (De muziekles)

“¿Qué mira el astrónomo por la ventana, distrayéndose de su trabajo? ¿Qué dicen las cartas, amorosas o no, que leen las damas en sus gabinetes privados? ¿De qué conversan los vecinos de Delft a la orilla del agua? ¿Qué cuadro pinta el artista mientras contempla a su modelo y da la espalda al espectador? ¿Qué música tocan las señoras en sus espinetas? ¿Qué cantan sus compañeros de tertulia? ¿Qué piensan la bordadora, la encajera, la lavandera? ¿Y la pesadora de perlas? ¿Y la lechera? ¿Qué susurran los galanes a las mujeres que cortejan? Un detalle más añadido al conjunto lo volvería trivial, como se trivializa cualquier persona lejana que habla con otra si podemos oír sus diálogos.

Lo cotidiano es lo desconocido, la desatención lo vuelve opaco al conocimiento, sugiere Hegel. Estos pintores —la lista se agrandaría con tantos colegas holandeses de Vermeer y podría llegar hasta Antonio López y Edward Hopper— son capaces de comentar al filósofo: lo inmediato es misterioso. Proust, a su vez, tan apocado ante la omnipotencia de la música y la pintura frente a la menesterosa palabra, puede proponernos una compensación. La palabra y su obra maestra, la literatura, resultan hábiles para ir más allá del misterio de lo inmediato porque, justamente, lo suyo es lo mediato, lo que está siempre más allá, inalcanzable pero dinámico. Un cuadro o una partitura pueden aspirar a la completud, en tanto un texto estará siempre incompleto. La forma detenida o el sonido que llega al silencio se confrontan con el discurrir verbal que no cesa, aunque a veces tome aliento y se quede en blanco. Nunca oiremos la música de Vinteuil ni veremos los cuadros de Elstir como vemos los de Vermeer. En cambio, nos harán hablar infinitamente, a lo largo del tiempo, perdiéndolo en camino hacia la eternidad.”


«La música es compañera de la alegría y medicina para los dolores» (Música letitiae co[me]s medicina dolor[vm]) es lo que se puede leer en la tapa del virginal de este maravilloso cuadro de Vermeer. Este excepcional pintor holandés, considerado un maestro de la luz y del color, ha sabido como nadie plasmar la atmósfera que se respira en los interiores más privados donde se desenvuelve la cotidianidad de la vida. Es sabido que no llegó a pintar más de treinta y cinco cuadros, casi todos obras maestras, con un refinamiento que roza la exquisitez.

Estas escenas musicales, como casi todas sus obras, van más allá de la mera representación verista de lo rutinario. Nos obligan a mirar de frente una realidad que se presenta serena y armónica y, sobre todo, segura: la de la intimidad del hogar burgués como refugio frente a cualquier revés que te tenga preparado el destino. Y, por supuesto, no puede haber sosiego y recogimiento sin música, esa medicina que es capaz de curar todo sufrimiento.

Os dejo con una pieza musical para clavecín, hermano mayor del virginal, como acompañamiento para estos extraordinarios cuadros musicales de Vermeer. Se trata de La superbe, ou la Forqueray, de Francois Couperin, interpretado por Gustav Leonhardt con un clavecín de Nicholas Lefébure, fabricado en Rouen en 1755. Seguro que a Bergotte y a Proust también les gustaría. Bon appétit!

Johannes Vermeer, Dama sentada ante el virginal (Zittende Virginaalspeelster)



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