sábado, 23 de enero de 2010

Los otros Auschwitz: “Vals con Bashir”


“La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación. Precede tan absolutamente a cualquier otra que no creo deber ni tener que fundamentarla. No puedo comprender por qué se le ha dedicado tan poca atención hasta el momento. Ante la monstruosidad de lo ocurrido, fundamentarla tendría algo de monstruoso. Que se haya tomado tan escasa conciencia de esa exigencia, y de los interrogantes y cuestiones que van con ella de la mano, muestra, no obstante, que lo monstruoso no ha penetrado lo bastante en las personas. Lo que no deja de ser un síntoma de la pervivencia de la posibilidad de repetición de lo ocurrido si depende del estado de conciencia y de inconsciencia de las personas. Cualquier posible debate sobre ideales educativos resulta vano e indiferente en comparación con esto: que Auschwitz no se repita. Fue la barbarie, contra la que la educación entera procede. Se habla de inminente recaída en la barbarie. Pero no se trata de una amenaza de tal recaída, puesto que Auschwitz lo fue; la barbarie persiste mientras perduren en lo esencial las condiciones que hicieron madurar esa recaída. Precisamente, ahí está lo horrible. Por más oculta que esté hoy la necesidad, la presión social sigue gravitando. Arrastra a los hombres a lo inenarrable, que en escala histórico-universal culminó con Auschwitz. Entre las intuiciones de Freud que con verdad alcanzan también a la cultura y la sociología, una de las más profundas, a mi juicio, es que la civilización engendra por sí misma la anti-civilización y, además, la refuerza de modo creciente. Debería prestarse mayor atención a sus obras El malestar en la cultura y Psicología de las masas y análisis del yo, precisamente en conexión con Auschwitz. Si en el principio mismo de la civilización está instalada la barbarie, entonces la lucha contra ésta tiene algo de desesperado.”

Theodor W. Adorno, Educación para la emancipación, Capítulo V: Educación después de Auschwitz

Efectivamente, Auschwitz “ya fue”. Sin embargo, la barbarie nunca ha dejado de acecharnos. Como diría Juan José Millás, “los desagües de la historia no se atrancan jamás. Absorben fechas, nombres, acontecimientos a una velocidad de vértigo”. Es por esto por lo que se hace necesaria la memoria histórica, auténtica exigencia moral para todos aquellos que quieran vivir un presente libre de pesadillas. Y es que el olvido hace imposible la construcción de una realidad más justa que prepare un futuro redimido de los males pasados: se lo debemos a las víctimas. Borrar de la memoria los horrores del pasado supone posponer la deuda contraída con los perdedores de la historia. La memoria es lo único que podemos concederles.

Una de estas deudas que tenemos con la historia la ha saldado Ari Folman con su extraordinaria película Vals con Bashir. Se trata más bien de un documental de animación que narra uno de los episodios más vergonzantes de la Guerra del Líbano de 1982: la masacre de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Bashir Gemayel era el líder de la facción de los falangistas cristianos libaneses, pro-israelíes e instalados en el poder. Su posterior asesinato desató los deseos de venganza de sus seguidores y entraron en dichos campos de refugiados, ejecutando una de las mayores carnicerías sobre la población civil de los últimos tiempos. El ejército israelí, siguiendo las órdenes de Ariel Sharon, no sólo no hizo nada por impedir la matanza, sino que ofreció todo su apoyo logístico.

El cine se presenta una vez más como un valioso instrumento para curar la amnesia histórica que sufren algunos. Folman nos cuenta estos acontecimientos, desde su experiencia personal como soldado del ejército israelí, en el escenario de los mismos. Para ello recurre a una animación basada en unas imágenes de gran realismo, que pretenden mostrarnos cómo es el color de las guerras: el horror sólo puede ser monocromático. Y es que, como dice Folman, “La guerra es muy irreal, la memoria es muy ladina […] La guerra es terriblemente inútil. No tiene nada de glamoroso ni de glorioso. No son más que hombres muy jóvenes, que no van a ninguna parte y que disparan contra desconocidos, les disparan desconocidos, y que vuelven a sus casas intentando olvidarlo todo”.

Así, 20 años después, los recuerdos sedimentados en la memoria del autor sobre lo ocurrido, se resisten a ser borrados y pugnan por salir, en un intento por sacudir, no sólo su propia conciencia, sino también la de todos los israelíes. Estos recuerdos se presentan de una forma rapsódica y fragmentada y quedan plasmados en la película, unas veces con un realismo arrollador, otras con una fuerte carga onírica, cuando no de auténtica pesadilla. Es impresionante la escena inicial de este “viaje”, en la que una jauría de perros furiosos avanza descontrolada hasta situarse debajo de la ventana de otro ex-soldado, a quien amenazan con sus ladridos y con toda su agresividad. Esos perros son los remordimientos por las injusticias cometidas. Se trata de una gran metáfora sobre esa llamada de la memoria contra el olvido selectivo de todo aquello que pueda perturbar la tranquilidad de nuestras conciencias.

“Vals con Bashir” es, pues, un ajuste de cuentas con la historia, con todos esos Auschwitz que no dejan de repetirse. Por mucho que intente olvidarse, las masacres de Sabra y Shatila sucedieron. Folman vincula estos hechos a la experiencia de sus padres en Auschwitz. En ambos casos, la humanidad asistió indiferente a sus horrores y fue, por tanto, cómplice. No hay lugar para el silencio; por eso “Vals con Bashir” es un grito contra todos aquellos “espectadores” cuya responsabilidad se limita a dejar que las cosas ocurran. Esos son los perros que persiguen a Folman y a sus antiguos compañeros de armas: tan deshumanizado está un nazi de la calaña de Eichmann, como todo aquél que asiste indiferente a la barbarie.


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