viernes, 25 de diciembre de 2009

Música de Navidad


“El día 24 de diciembre los niños del consejero de Sanidad, Stahlbaum, no pudieron entrar en todo el día en el hall y mucho menos en el salón contiguo. Refugiados en una habitación interior estaban Federico y María; la noche se venía encima, y les fastidiaba mucho que -cosa corriente en días como aquél- no se ocuparan de ponerles luz. Federico descubrió, diciéndoselo muy callandito a su hermana menor -apenas tenía siete años-, que desde por la mañana muy temprano había sentido ruido de pasos y unos golpecitos en la habitación prohibida. Hacía poco también que se deslizó por el vestíbulo un hombrecillo con una gran caja debajo del brazo, que no era otro sino el padrino Drosselmeier. María palmoteó alegremente, exclamando:

-¿Qué nos habrá hecho el padrino Drosselmeier? El magistrado Drosselmeier no era precisamente un hombre guapo; bajito y delgado, tenía muchas arrugas en el rostro; en el lugar del ojo derecho llevaba un gran parche negro, y disfrutaba de una enorme calva, por lo cual llevaba una hermosa peluca, que era de cristal y una verdadera obra maestra. Era además el padrino más habilidoso; entendía mucho de relojes de casa, el de Stahlbaum se descomponía y no daba la hora ni marchaba, presentábase el padrino Drosselmeir, se quitaba la peluca y el gabán amarillo, anudábase un delantal azul y comenzaba a pinchar el reloj con instrumentos puntiagudos que a la pequeña María le solían producir dolor, pero que no se lo hacían al reloj, sino que le daban vida, y a poco comenzaba a marchar y a sonar, con gran alegría de todos. Siempre que iba llevaba cosas bonitas para los niños en el bolsillo: ya un hombrecito que movía los ojos y hacía reverencias muy cómicas, ya una cajita de la que salía un pajarito, ya otra cosa. Pero en Navidad siempre preparaba algo artístico, que le había costado mucho trabajo, por lo cual, en cuanto lo veían los niños, lo guardaban cuidadosamente los padres.”

Ernest Theodor Amadeus Hoffmann, El Cascanueces y el Rey de los Ratones

Aunque últimamente tengo algo abandonado el blog por exceso de trabajo, no por eso quiero descuidar la música de los viernes, y hoy es el Día de Navidad. No son unas fiestas que sean especialmente entrañables para mí. Pero ahora hay niños en mi entorno más inmediato y estas fiestas adquieren otra significación. Es conmovedor, incluso para mí, observar cómo se viven estos días desde la infancia, que una vez fue nuestra, aunque casi nunca la recordemos. Aun así, sigue presente en los recovecos de nuestra memoria e incluso anhelamos esa tierna ingenuidad donde lo más inverosímil era asumido de la forma más natural. Quizá en eso consista la madurez: en proscribir nuestra fantasía en aras de una realidad totalmente desprovista de ella.

Desde luego, si tengo que elegir una música para este día, no elegiría el Oratorio de Navidad de Bach, por ejemplo, a pesar de ser, seguramente, la mejor partitura compuesta nunca para conmemorar estas fechas. Prefiero quedarme con El Cascanueces de Tchaikovsky. Es un ballet que veo todos los veinticinco de diciembre y siempre me emociona. No hay “adulto” que se resista a la magia de este cuento de Hoffmann, adaptado por Alejandro Dumas y musicado por el genial compositor ruso.

Drosselmeyer, un fabricante de juguetes mágicos, debe procurar deshacer el hechizo que ha hecho de su sobrino un feo muñeco cascanueces. Éste sólo recobraría su apariencia normal si mata al Rey de los Ratones y logra que una joven lo ame a pesar de su aspecto. El juguetero elije a su ahijada Clara para que en la fiesta de Navidad rompa la maldición. Como es un cuento de Navidad, ésta lo consigue y ambos emprenden un viaje al País de las Golosinas, donde el Hada Golosina y el Príncipe organizan un bello espectáculo en su honor. Una delicia que nos retrotrae a esa infancia perdida que nunca volverá, pero que sigue latente en nuestra memoria.

Os dejo con el maravilloso paso a dos del segundo acto de este precioso ballet. Feliz Navidad y ¡Buen apetito!

4 comentarios:

bLuEs dijo...

Mucho de lo bueno que puede hacer el ser humano va asociado a saber mirar con la ingenuidad con la que puede mirar un niño. Algunas veces el talento es simplemente saber mantener la primera mirada.

Un abrazo.

MARÍA HERRERA PIÑERA dijo...

Me ha gustado mucho el artículo sobre la Navidad y el CAscanueces, porque es una de mis obras de ballet favoritas. He bailado algunos trozos y conozco toda la música gracias a una versión en dibujos (de Barbie, ja ja)y luego mi madre me pasó un video con el ballet completo.
estoy de acuerdo con que hay que mantener el espíritu infantil mientras podamos.
Ah! Y feliz año nuevo, profesor.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Estos días son propicios para la melancolía. En efecto, la felicidad del niño va unida su ingenuidad que es inconsciencia, pero que es también sabiduría. Los adultos hemos sustituido todo eso por una apariencia de conocimiento que sólo nos conduce a la insatisfacción y a la nostalgia. Como decía Hölderlin:

“Benditos seáis, sueños de la infancia,
me ocultabais la miseria de la vida.
Vosotros habéis engendrado los gérmenes del bien que hay en mi alma,
me dabais los bienes que ya nunca más conquistaré”.

Un abrazo.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Hola María, me alegro mucho de que te guste El Cascanueces. En cierta medida, “madurar” es aceptar la realidad impuesta. Por eso, a veces, nos negamos a hacerlo y nos convertimos en niños “mayores”. Como dice más arriba Blues, todos tenemos que saber mantener esa primera mirada infantil. Para ello necesitamos de la imaginación, de la fantasía y de la capacidad de asombro.

Feliz año para ti también.

Saludos.

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