viernes, 4 de diciembre de 2009

Los sonidos de los colores

Wassily Kandinsky, Composition IV (1911)

«El amarillo suena como una trompeta tocada con toda la fuerza o un tono de clarín. El amarillo es un color típicamente terrestre que no tiene gran profundidad. Enfriado con azul adquiere, como dijimos, un tono enfermizo. Comparado con el estado de ánimo de un hombre, podría corresponder a la representación cromática de la locura; no de la melancolía o la hipocondría, sino de la locura furiosa, la rabia ciega, el delirio…

El azul es el color típicamente celeste que desarrolla profundamente el elemento de quietud. Al sumergirse en el negro toma un matiz de tristeza inhumana, se hunde en la gravedad, que no tiene ni puede tener fin… Representado musicalmente, el azul claro correspondería a una flauta, el oscuro a un violoncello y el más oscuro a los maravillosos tonos del contrabajo…

El verde absoluto es en el campo de los colores lo que en el social es la burguesía: un elemento inmóvil, satisfecho y limitado en todos los sentidos. El verde es como una vaca, gorda, sana e inmóvil, que rumiando contempla el mundo con ojos adormilados y bobos… Musicalmente describiría yo el verde absoluto por medio de los tonos tranquilos, alargados y semi-profundos del violín…

El blanco y el negro han sido definidos ya en líneas generales. En una caracterización más matizada, el blanco, que a veces se considera un no-color (gracias sobre todo a los impresionistas que “no ven el blanco en la naturaleza”), es el símbolo de un mundo, donde han desaparecido todos los colores como cualidades y sustancias materiales… El blanco suena como un silencio que de pronto puede comprenderse. Es la nada juvenil o, mejor dicho, la nada anterior al comienzo, al nacimiento. Quizá la tierra sonaba así en los tiempos blancos de la era glacial.

El negro suena interiormente como la nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza».

Wassily Kandinsky, De lo espiritual en el arte

Para Kandinsky, el color es el medio más poderoso al alcance del pintor: el color es el medio del que dispone el artista para influir en el alma humana. «En general, el color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es la tecla. El ojo el macillo. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana. La armonía de los colores debe basarse únicamente en el principio del contacto adecuado con el alma humana. Llamaremos a ésta base principio de la necesidad interior», nos dice, también, en De lo espiritual en el arte. Y es que Kandinsky atribuía a la música, como único arte auténticamente abstracto, una significación especial y ejemplar en su búsqueda de un denominador común para todas las artes. Por eso, a Kandinsky le interesaron mucho, por ejemplo, los experimentos de Scriabin con combinaciones de sonido-color.

El gran compositor ruso inició una apasionada búsqueda en 1911 de una nueva fusión de las artes. Así surgió Prometeo o Poema del fuego, en el que estaban previstas proyecciones en la sala de diversos colores, en correspondencia con los diferentes acordes de la música, y a tal fin se introducía en la orquesta un clavier á lumiéres (teclado de luces). En 1912, en el almanaque editado por el grupo Der Blaue Reiter (El jinete azul), aparecía un artículo de Sabaneev sobre el Prometeo en el que se decía: «Scriabin intenta en su Prometeo una unificación de este tipo asociando la música a una de las artes de “acompañamiento”, al “juego cromático” que, como es lógico esperar, tiene una función decididamente subordinada. La sinfonía cromática del Prometeo se basa en el principio de la correspondencia de los sonidos y colores: toda modulación armónica tiene su correspondiente modulación cromática. Todo esto se basa en la intuición de la relación sonido-color, extremadamente precisa en Scriabin. En Prometeo, la música es casi inseparable de las combinaciones de los colores. Estas acariciadoras y seductoras melodías, que son al mismo tiempo intensamente místicas, han nacido en el color. La impresión provocada por la música se refuerza en el juego de los colores, que crea efectos indescriptibles, resultando muy clara la profunda coherencia de este ”capricho” de Scriabin y toda su lógica estética».

Tanto Kandinsky como Scriabin continúan, pues, la tradición del siglo XIX –de Herder a Wagner–, con su deseo tardo-romántico de una unión de las artes. Para Kandinsky, tal síntesis de las artes es posible, porque a un nivel básico todos los medios artísticos son idénticos en sus significados interiores; en último término, las diferencias exteriores llegan a ser insignificantes, y la identidad interna de toda expresión artística será revelada: «En la imposibilidad de sustituir la esencia del color por la palabra o por otro medio radica la posibilidad del arte monumental. En éste se realiza, entre las múltiples y ricas combinaciones posibles, una que se apoya precisamente en lo que acabamos de constatar: En el arte monumental el mismo sonido interior puede ser expresado por diferentes artes en el mismo instante; cada una, además del sonido general, expresará el suyo propio y dará una fuerza y una riqueza al sonido interior general que nunca se lograría con un solo arte».

Os dejo con el Prometeo o Poema del fuego de Alexandre Scriabin, en la versión de Dmitri Kitayenko y Vladimir Krainev al piano, con la Frankfurt Radio Symphony Orchestra. Otra vanguardista pieza que intenta una renovación lingüística, alejada de la tonalidad, en su intento de experimentar nuevos sistemas expresivos. Una maravilla. Bon appétit!





2 comentarios:

bLuEs dijo...

Tanto el tema como lo que expones es muy interesante.

La sinestesia trata estos temas y también revela la conexión entre las distintas artes y percepciones. Que puedan conectarse está también directamente relacionado con la capacidad de eliminar la represión del inconsciente. Por eso las personas con sinestesia, al haber eliminado algunas barreras, pueden caminar con facilidad entre estos lugares.

Saludos

José Ángel Castaño Gracia dijo...

La verdad es que sé muy poco de ese trastorno de la percepción, aunque me gustaría experimentarlo alguna vez, sin necesidad de recurrir al LSD. Tanto Scriabin como Kandinsky parece ser que fueron sinestésicos. No en vano el pintor llamó a sus obras más ambiciosas “Composiciones”. Quizá por lo que tienen también de musicales. La verdad es que sí que es un tema para estudiarlo a fondo: que un estímulo a través de uno de los sentidos provoque simultáneamente la sensación en otro es algo alucinante para los que no tenemos ese “trastorno”. ‘Represión y sinestesia’ es un buen título para un artículo. Anímate.

Saludos.

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