lunes, 16 de noviembre de 2009

Música “klezmer” para el día de la tolerancia

Berruguete, Santo Domingo y los albigenses

"El gran medio de disminuir el número de maniáticos, si quedan, es someter esta enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que lenta, pero infaliblemente, ilumina a los hombres. Esta razón es dulce, es humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la obediencia o las leyes, mucho más de lo que la fuerza las impone. ¿Y consideraremos como cosa baladí el ridículo que se atribuye hoy día al entusiasmo por la mayoría de las gentes honorables? Dicho ridículo constituye una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubieran existido. Hay que partir siempre del punto en que se está y de aquel a que han llegado las naciones. (…)

Si los maestros de los errores, quiero decir los grandes maestros, tanto tiempo pagados y cubiertos de honores por embrutecer al género humano, ordenasen hoy día creer que el grano debe pudrirse para germinar; que la tierra está inmóvil en sus cimientos, que no gira alrededor del sol; que las mareas no son un efecto natural de la gravitación, que el arco iris no está formado por la refracción y la reflexión de los rayos de la luz, etc., y si se basasen para ello en pasajes mal comprendidos de las Sagradas Escrituras para justificar sus órdenes, ¿cómo serían mirados por todos los hombres instruidos? ¿La palabra bestias sería demasiado fuerte? ¿Y si esos sabios maestros empleasen la fuerza y la persecución para hacer reinar su insolente ignorancia, el término de bestias feroces sería inadecuado?"


Voltaire, Tratado sobre la tolerancia

Ahora que se vuelve a hablar de excomuniones y anatemas, parece necesario volver a leer a Voltaire. Hoy, Día Internacional para la tolerancia, no observamos más que intolerancia por todas partes. El respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás nunca ha sido un valor que oriente los comportamientos mayoritarios en nuestras sociedades. Quizá esto se deba a la imposibilidad de organizar la convivencia racionalmente y sólo valgan principios absolutos y dogmáticos. ¿Y cuando irrumpe el fanatismo?: cuando una ideología dogmática pretende ser la de todo el grupo. Todo esto tiene también mucho que ver con la desconfianza hacia aquellos que no pertenecen al grupo político o religioso en el que se encuentra seguridad y afinidad: los “otros” son siempre sospechosos. Una desconfianza que raya a veces en el delirio más absoluto en la defensa de las tradiciones culturales propias. ¿Cómo se pueden imponer los convencionalismos? ¿Por qué se tratan de imponer mediante el miedo y la violencia? ¿Se puede domesticar a los “otros”?

También es posible que sea una falsa percepción y los intolerantes sean una minoría, pero tan ruidosa y airada que impide analizar de una forma objetiva el nivel de tolerancia actual. En cualquier caso, frente a la intolerancia, la indiferencia y el desinterés por la cuestión. No sabemos qué es peor. No hay que olvidar el “desinterés” con el que no hace mucho se asistía a la quema de libros por parte del Tercer Reich, en una nueva etapa de la historia del fanatismo, que no es específicamente religioso, con otros convencionalismos más “modernos” y que condujeron a la barbarie y al oscurantismo más absolutos.


Os dejo una maravillosa escena de la película El tren de la vida, de Radu Mihaileanu, en la que se puede apreciar como el contacto entre culturas puede ser, además de beneficioso para todos, muy divertido: judíos, gitanos y judíos disfrazados de nazis, en una singular “alianza de civilizaciones”.


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