domingo, 1 de noviembre de 2009

La necesidad de la racionalidad práctica

René Magritte, La condición humana (La Condition humaine)

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado que está sobre mí y la ley moral que hay en mí.”

Inmanuel Kant, Crítica de la razón práctica

Una vez que nos hemos ocupado del “cielo estrellado”, toca ahora hacer lo propio con la otra “cosa” que llena el ánimo de admiración y respeto a Kant: la racionalidad práctica. Una racionalidad que ya los griegos determinaron como absolutamente necesaria para lograr una vida medianamente “humana”. Las actitudes morales, el orden político, el sistema económico, la legislación jurídica y la forma de entender la religión forman parte de las realidades sociales y necesitan constantemente del ejercicio racional para obligarlas a no olvidar su primordial cometido, que no es otro que la felicidad de todos nosotros. Sin embargo, esta racionalidad, la más importante no sólo para Kant, brilla por su ausencia en nuestras sociedades. No hay nada más que ver como se utiliza la razón en cualquier tipo de debate sobre alguna de las realidades que afectan al ámbito de lo práctico. Como dice Javier Cercas hoy en El País, “lo normal, aquí, es que el debate público no se dé (o, lo que es lo mismo, que se reduzca a un conjunto de improperios de taberna mascullados entre cerveza y cerveza) y, si se da, que acabe pareciéndose a una reyerta de chulos o un combate de astados dispuestos a dirimir a hostia limpia quién de los dos es más macho. Todo lo demás, dejémonos de pamplinas, se nos da mal. Tan mal que, cuando por un milagro se produce, todos lo seguimos con recelo, como una excentricidad o, mejor dicho, como una mariconada de nenazas hipócritas: para nosotros, un debate intelectual consiste en triturar personalmente al adversario para no tener que tomarse la molestia de discutir sus ideas.”

No sólo se puede observar esta “sinrazón” en la manera de afrontar un simple cruce de miradas opuestas, cosa que hasta los chimpancés podrían hacer, sino que todo el ámbito de la acción está igualmente afectado: políticos corruptos cuyo único interés por el bien común consiste en “forrarse”; gobiernos “progresistas”, que señalan la importancia del diálogo entre las culturas como único medio de resolver los conflictos, y que, al mismo tiempo, se lucran con el negocio de la venta de armas a los países del tercer mundo; gobiernos “conservadores” que abominan de la protección del Estado, salvo cuando son sus propios intereses los que están en peligro; religiosos defensores de una moral que para ellos es la única posible y que especulan con el dinero público que reciben en empresas farmacéuticas que están en el negocio de los anticonceptivos, algo inmoral para ellos; empresarios que reciben todo tipo de subvenciones y que abogan por la desprotección de todos los demás; armadores que exigen su derecho a esquilmar los recursos pesqueros del mundo y que reclaman protección frente a unos patéticos piratas que sólo tratan de sacar una mínima tajada a cambio del despojo de sus mares, como dice Manuel Vicent también hoy en El País; sindicatos que sólo defienden los intereses de “sus” afiliados; trabajadores que no tienen el más mínimo problema en aprovecharse de todos los recursos del Estado pero que se niegan a denunciar la economía sumergida de la que forman parte y mucho menos a tributar a la hacienda pública; y un largo etcétera.


Algunos dicen que todo esto es el reflejo del fracaso de la Ilustración y su aspiración a crear una sociedad emancipada y más justa. Quizá simplemente forme parte de la condición humana. Otros pensamos que también es un problema de educación. De ahí la importancia de conocer cómo la razón y la filosofía prácticas se han enfrentado a estos problemas derivados de la “insociable sociabilidad” propia del ser humano. Si os queréis descargar los apuntes que vamos a seguir en clase, pinchad aquí. Os dejo también la presentación que ha realizado el profesor Juan Miguel Ríos a partir de los apuntes sobre la otra racionalidad, la teórica, que acabamos de ver en clase.

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