viernes, 20 de noviembre de 2009

La consagración de la inautenticidad

Marc Chagall, Cúpula de la Ópera Garnier

“En la sociedad de hoy en día, en que incluso la actividad intelectual se expone a ser completamente dominada e inundada por las relaciones económico-sociales, en las que el individuo está alienado debido a que la sociedad industrial y capitalista ha sofocado la autonomía y la libre creatividad, produciendo una estandarización en aumento progresivo que ha implicado al mismo arte, hasta degradarlo a la categoría de producto comercial sujeto a las leyes del mercado, en una sociedad como la descrita, la música también corre el peligro de verse convertida en mercancía, de ser profanada, de perder su carácter de verdad para quedar reducida a un simple juego.

En su nostalgia de un pasado irrecuperable, de un ideal de hombre integrado en una sociedad en la que la música cumplía una función expresiva y equilibradora y en la que aún no se había transformado en producto para la masa, imagen de la alienación humana y del endurecimiento de las relaciones entre los hombres, Adorno concibe solamente dos caminos posibles para la música, que ve encarnados simbólicamente en Schönberg y en Strawinsky: los dos polos diametralmente más opuestos dentro del mundo musical contemporáneo. La música de Strawinsky representa la aceptación del hecho consumado, de la situación presente; simboliza el endurecimiento de las relaciones humanas: «el sacrificio antihumanista del sujeto a la colectividad, sacrificio sin tragedia, inmolado, no a la imagen naciente del hombre, sino a la ciega confirmación de una condición que la misma víctima reconoce, ya sea con la autoirrisión o con la autoextinción». La música de Strawinsky, con su artificiosa recuperación del pasado, objetivándolo, cristalizándolo, poniéndolo fuera de la historia, viene a ser la vía que conduce a la inautenticidad, a la trágica disociación del mundo moderno; en suma, la música de este compositor refleja fiel y genialmente, aunque pasivamente, la angustia y la deshumanización de la sociedad contemporánea.”

Enrico Fubini, La estética musical desde la Antigüedad hasta el siglo XX

Este texto de Fubini recoge algunas de las reflexiones que Adorno hiciera en su Filosofía de la nueva música sobre la música de Stravinsky. Salvo rarísimas excepciones, la música no ha despertado nunca el interés de los filósofos, algo que no deja de sorprender al ser este arte uno de los que más acercan la experiencia de la inmediatez al ser humano. En este sentido, el ensayo de Adorno es ejemplar: pocas veces se ha puesto de manifiesto, de una manera tan clara, como unos “sonidos” pueden reflejar el “espíritu del tiempo”.

1913 fue un año excepcional, culturalmente hablando. No sólo fue el año del estreno de Le sacre du printemps (La consagración de la primavera), sino que también asistimos a otros “alumbramientos” tales como Muerte en Venecia, de Thomas Mann y En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. La gigantesca obra de este niño mimado del París de principios de siglo es, de hecho, uno de los momentos más decisivos de la historia de la música. Lo curioso es que en una época volcada en la búsqueda de nuevos lenguajes, se nos presente una obra que renuncia completamente a lo dramático, que nos ofrece una sucesión de escenas separadas, sin personajes ni hilo argumental alguno. La orquesta brama de una forma aparentemente caótica, con unos ritmos asimétricos, con unas repeticiones carentes de evocaciones, poniendo la banda sonora al mundo de ayer, que es el nuestro, cada vez más entregado a sus escisiones y contradicciones.

La consagración de la primavera acaba definitivamente con la idea objetivista de la belleza como categoría fundamental de la estética. Ya no hay lugar para el orden, para lo placentero, para lo emotivo: el romanticismo, definitivamente, ha muerto. La música renuncia a la autenticidad, ya no pertenece al músico. El objeto artístico se vacía de humanismo y se disocia del alma del artista: lo que pueda incitar es ajeno a la intención del genio creativo.

No obstante, Stravinsky intentó rehacer estas “moradas derrumbadas” refugiándose en el clasicismo. Algo parecido le pasó a Richard Strauss, entre otros: tras la violencia sísmica, el regreso al hogar. Sin embargo, el estatismo afásico y el distanciamiento irónico nunca abandonarían su obra. Tal es la salida del músico ruso ante un mundo cada vez más alienado. Os dejo con esta obra maestra, en la versión de Esa-Pekka Salonen con la Filarmónica de Los Ángeles. Bon appétit!









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