viernes, 27 de noviembre de 2009

Finlandia

Albert Edelfelt, Funeral del niño

På silvermolnets kant satt aftonstjärnan,
från lundens skymning frågte henne tärnan:
Säg, aftonstjärna, vad i himlen tänkes,
när första kyssen åt en älskling skänkes?
Och himlens blyga dotter hördes svara:
På jorden blickar ljusets änglaskara,
och ser sin egen sällhet speglad åter;
blott döden vänder ögat bort och gråter.

La estrella de la noche se sentó en el borde de la nube plateada.
Desde las sombras de la arboleda, la doncella le preguntó:
“Dime, estrella de la noche,
¿qué piensan en el cielo cuando le das el primer beso a tu amado?”
Y se escuchó a la tímida hija del cielo responder:
“Los ángeles de la luz vuelven su mirada a la tierra
y ven su propia dicha reflejada;
sólo la muerte aparta la mirada y llora”.


J.L. Runeberg, Den första kyssen (El primer beso)

No es Finlandia un país demasiado conocido en el panorama artístico europeo; sin embargo tiene momentos culturales de lo más atractivos. La obra de Albert Edelfelt en pintura, Johan Ludvig Runeberg en poesía y Jean Sibelius en música así lo demuestran. Edefelt fue el primer artista finlandés premiado en el Salón de París y llegó a ser uno de los pintores más importantes de la época. Su naturalismo se caracteriza por darle una impronta aristocratizante a todas sus escenas costumbristas, como se puede apreciar en las imagenes de esta entrada, algunas ya muy cercanas al impresionismo.

Edelfelt siempre admiró al poeta Johan Ludvig Runeberg, el poeta nacional finlandés, encontrando en sus obras cierta inspiración para sus pinturas de carácter más tradicional y popular. Esto es así porque muchos de los poemas de Runeberg tratan temáticas de la vida rural finlandesa, aunque su poesía ha sido comparada a la de los grandes románticos europeos como Hugo, Shelley o Keats. Es una pena que sea tan difícil acceder a ella en castellano.

Junto al poeta, Sibelius se convertiría en otro de los símbolos culturales de Finlandia, constituyendo ambos la base del espíritu nacionalista de este país escandinavo tan maltratado por la historia. Wagneriano en sus orígenes, poco a poco fue forjando un estilo único y personal que va más allá de la etiqueta de “música nacionalista” y que, en algunos aspectos, le acerca a Mahler, sobre todo en su capacidad expresiva y sugerente. Se le ha acusado de músico “conservador”, pero es innegable la belleza de sus composiciones, sobre todo de sus sinfonías, tanto en lo formal como en lo expresivo.

Os dejo dos de sus obras más exquisitas. La primera es El Valse Triste, una de las obras más populares del músico. Se trata de la orquestación de uno de los números del drama simbolista "Kuolema" ("La muerte"), escrito por su cuñado Arvid Järnefelt. Según podemos leer en Jean Sibelius en español: “En la obra, la moribunda madre de Paavali duerme. Y sueña. Una brumosa y lenta melodía de los violoncellos intenta definirse. La madre está en una sala llena de invitados que bailan felizmente. Un nuevo tema más optimista se impone en la cuerda, a la que se suman instrumentos de viento en lo que es ya una melodía grácil y llena de vida. Ella baila hasta que cae exhausta. La danza se para, y los invitados abandonan la sala. Retorna el tema doliente del comienzo. Pero recobra nuevas fuerzas, y las parejas vuelven a un baile cada vez más frenético. Surge el tema optimista, pero pronto todo parece afectado de un creciente e inexorable dolor. Alguien llama en la puerta, y la madre ve a quien cree que es su difunto marido. Pero no es él realmente, sino la propia Muerte, que la reclama para llevársela a su reino. Cuatro violines, en pianísimo concluyen de manera desesperanzada la pieza”.

La segunda es el final de la Segunda Sinfonía, una auténtica maravilla a medio camino entre lo pictórico y lo musical, entre el romanticismo y las vanguardias. Como no se decirlo en finés, lo haré en castellano: ¡Buen apetito!





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