martes, 27 de octubre de 2009

La racionalidad práctica: el mito de Prometeo


"PROMETEO Duro es callar, y es el hablar más duro,
En tan negra fortuna, que padezco
Por haber conducido a los mortales,
De leve caña en el recinto hueco,
Una centella de furtiva llama
Con que las artes y los bienes crecen.
Por tal delito suspendido quedo
Con clavos a este monte. (…)

CORO — ¿Qué más narrarnos puedes?

PROMETEO Quité a los hombres el temor del hado.

CORO ¿Qué medicina hallaste a tal dolencia?

PROMETEO Sembré en su mente ciegas esperanzas.

CORO Gran beneficio diste a los mortales.

PROMETEO Diles también el fuego.

CORO — ¿Con que el fuego
Esos seres efímeros poseen?

PROMETEO Con él a muchas artes se aplicaron.


CORO ¿Por tal pecado te atormenta Zeus,

Sin dar intermisión a tus dolores?
¿Y término les puso?...

PROMETEO — No, ninguno,   

Sino cuando le plazca..."

Esquilo, Prometeo encadenado

Como introducción al tema que iniciaremos próximamente sobre la racionalidad práctica, quiero proponeros la lectura del famoso mito de Prometeo que Platón nos narra en su diálogo Protágoras. Al margen de la versión platónica, el personaje de Prometeo da mucho juego. Pasa por ser el gran protector y favorecedor del ser humano al ofender repetidamente a los dioses en beneficio de la humanidad. Frente a él, se sitúa un Zeus vengativo que extiende su furia tanto al propio Prometeo como a todos los hombres. A Prometeo lo hizo llevar al Cáucaso, donde fue encadenado, para después enviar a un águila para que se comiera su hígado, víscera que se regeneraba por la noche y vuelta a empezar. A los hombres les envió a Pandora, la primera mujer, colmada de dones espirituales y de encantos físicos, poseedora de una magnífica caja que debía ofrecer a su marido como regalo de bodas. Su esposo tenía que ser Prometeo, pero éste, astutamente, no quiso ni a Pandora ni a su caja. Fue su hermano Epimeteo quien, obnubilado por tantos encantos se desposó finalmente con ella y abrió la caja: en ella se encontraban encerrados todos los males y desgracias con los que Zeus quería castigar a la humanidad y que pronto se extendieron por todo el mundo.

Platón le quita a Zeus ese aire vengativo y nos explica cómo, después de asumido el robo de la sabiduría, las artes y el fuego, por parte de Prometeo, el rey de los dioses ordenó a Hermes entregar a los hombres el sentido moral y la justicia, repartiéndolos entre todos sin excepción. Y es que sin política, que sólo poseía Zeus, los hombres se destruirían entre sí. Por eso, impuso la siguiente ley: “Y por ley instituye en mi nombre que al incapaz de participar del respeto y la justicia se le mate, como peste de la ciudad”. La política y la moral son, pues, un regalo de los dioses que nos acerca a ellos.

La filosofía práctica se centra en los interrogantes referidos al «cómo debemos obrar» y «qué nos cabe esperar» kantianos. Sólo por responder a estas cuestiones tiene sentido averiguar «qué podemos conocer». Hoy por hoy, desarrollar este tipo de racionalidad, pensada casi como sinónimo de libertad, es, como dice Rorty “una virtud que permite a los individuos y a las comunidades vivir y dejar vivir y poner en marcha formas de vida nuevas, sincréticas y producto del compromiso.” Ética, Política y Derecho constituyen, pues, saberes fundamentales si queremos descubrir las condiciones de justicia y felicidad de las personas y las sociedades. Una búsqueda que resulta verdaderamente “prometeica”. Para leer el mito de Prometeo del Protágoras, pinchad aquí (desde 320 c a 328 d). Os dejo también el maravilloso poema de Goethe Prometeo, en la traducción de Ramón Alcalde.

¡Cubre tu cielo, Zeus,
con neblina!
Y ejercítate
sobre robles y alturas montañosas,
como un joven que descabeza cardos!
Pero a esta tierra mía
has de dejármela intacta,
y a mi cabaña,
que tú no construiste,
y a mi lar,
por cuya lumbre
tú me envidias.

No conozco nada más pobre
bajo el sol que vosotros los dioses.
Con tributo de ofrendas
y sahumerio de plegarias
alimentáis mezquinamente
vuestra majestad,
y pareceríais, si no fueran
niños y mendigos
esperanzados necios.

Cuando, siendo un niño,
se me derrumbó el mundo,
mis ojos extraviados se volvieron
hacia el sol como si arriba hubiese
un oído para escuchar mi queja,
un corazón como el mío
para apiadarse del oprimido.

¿Quién me socorrió frente a la soberbia de los Titanes?
¿Quién me libró de la muerte y de la esclavitud?
¿No fuiste tú, sagrado corazón ardiente,
quien realizó todo por sí mismo?
Y joven y bueno, defraudado,
¿te inflamaste de gratitud por la ayuda
de quien dormía allá arriba?

¿Yo honrarte a ti? ¿Por qué?
¿Cuándo aliviaste las penas del agobiado?
¿Cuándo enjugaste las lágrimas del atemorizado?
¿No me forjaron como hombre
el Tiempo todopoderoso y el eterno Destino,
mis señores y los tuyos?

¿Acaso imaginaste
que habría de odiar la vida
o huir a los desiertos
porque no todos los sueños granados
de mi adolescente aurora maduraron?

Heme aquí: moldeo hombres
a mi imagen,
una estirpe que se me parezca,
que sufra, llore,
disfrute y se alboroce,
y que a ti no te respete,
como yo.

Goethe, Prometeo

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