miércoles, 21 de octubre de 2009

La isla y el océano: el apriorismo de Kant

John Everett Millais, The blind girl (La muchacha ciega)
"Hasta aquí, no sólo hemos recorrido el territorio del intelecto puro, examinando con cuidado todas sus partes, sino que también lo hemos medido y hemos asignado en él un lugar a cada cosa. Pero esta tierra es una isla, cerrada por la naturaleza misma dentro de fronteras inmutables. Es la tierra de la verdad (¡nombre halagador!), circundada por un océano vasto y tempestuoso. el imperio de la apariencia, donde espesas nieblas y hielos —próximos a fundirse— ofrecen a cada momento la ilusión de nuevas tierras, y engañando una y otra vez con vanas esperanzas al navegante que viaja en busca de nuevos hallazgos, le complican en aventuras de las que nunca puede evadirse y que jamás logra concluir. Antes de internarnos en este mar, para indagarlo en toda su extensión y comprobar si podemos esperar algo, será útil que echemos primero una mirada al mapa de la región que queremos abandonar y nos preguntemos antes que nada si en cualquier caso no podríamos quedarnos satisfechos con lo que ésta contiene; o bien, si no deberíamos contentarnos con ello por necesidad, en el caso de que en otra parte no haya ni siquiera un terreno sobre el cual edificar una casa; y en segundo lugar, con qué título poseemos esta región misma y cómo asegurarla contra toda pretensión del enemigo."

Kant, Crítica de la razón pura

La famosa metáfora kantiana de la isla y el océano nos dice que debemos contentarnos por fuerza con la isla que habitamos, y que no existe en otro lugar un terreno sólido en el que se pueda construir una “casa” perfectamente cimentada. La isla es el territorio del conocimiento fenoménico: el único conocimiento seguro. Nuestro entendimiento nunca puede franquear los límites de la sensibilidad, porque sólo de ésta puede recibir su contenido. Más allá de los límites de la isla, nos aguarda lo incognoscible, todo un océano de desconcierto y penumbra. El conocimiento científico es, por tanto, universal y necesario, pero es fenoménico. Más aún, cabría decir que, únicamente porque es fenoménica, la ciencia es universal y necesaria, dado que el elemento de universalidad y necesidad sólo proviene del sujeto y de sus estructuras a priori.

Recordemos que tenemos dos fuentes de conocimientos: la sensibilidad y el entendimiento. Mediante aquélla, los objetos nos son dados, y a través de la segunda, son pensados. Kant nos dice: “Los pensamientos sin contenido están vacíos, las intuiciones sin conceptos son ciegas...”. ¿Por qué conocemos? Porque en la sensibilidad poseemos las formas del espacio y del tiempo a priori, y además porque nuestro pensamiento es actividad unificadora y sintetizadora, que se manifiesta a través de las categorías. ¿Qué podemos conocer del mundo? Dejemos que responda la portera protagonista de La elegancia del erizo, con su interpretación del idealismo kantiano:

“Consideremos la segunda pregunta: ¿qué conocemos del mundo?

A esta pregunta responden los idealistas como Kant.

¿Qué responden?


Responden: poca cosa.

El idealismo es la postura que considera que sólo podemos conocer aquello que nuestra conciencia, esa entidad semidivina que nos salva de la bestialidad, aprehende. Conocemos del mundo lo que nuestra conciencia puede decir de éste porque lo aprehende, y nada más.

Consideremos un ejemplo, casualmente un simpático gato llamado León. ¿Por qué? Porque encuentro que es más fácil con un gato. Y yo les pregunto: ¿cómo pueden estar seguros de que se trata de verdad de un gato, e incluso saber lo que es un gato? Una respuesta sana sería argüir que nuestra percepción del animal, completada por algunos mecanismos conceptuales y lingüísticos, nos lleva a formar ese conocimiento. Pero la respuesta idealista consiste en alegar la imposibilidad de saber si lo que percibimos y concebimos del gato, si lo que nuestra conciencia aprehende como gato, concuerda con lo que es el gato en su intimidad profunda. Quizá mi gato, que en el momento en el que hablamos yo aprehendo como un cuadrúpedo obeso con bigotes trémulos y que guardo en mi mente en un cajón etiquetado como «gato», sea en realidad y en su misma esencia una bola viscosa verde que no hace miau. Pero mis sentidos están constituidos de tal manera que no lo percibo así, y el inmundo montón de cola verde, engañando mi repulsión y mi cándida confianza, se presenta a mi conciencia bajo la apariencia de un animal doméstico glotón y sedoso.

He ahí el idealismo kantiano. No conocemos del mundo más que la idea que nuestra conciencia forma del mismo.”


Muriel Barbery, La elegancia del erizo

La isla es poca cosa, pero menos es nada. Decía Adorno que “El océano de la metáfora kantiana amenaza a cada instante con tragarse la isla”. Por eso, ante la actitud resignada de Kant, ¿por qué no aprender a navegar por ese océano de oscuridad y confusión? Si queréis saber más sobre el pensamiento kantiano no dejéis de ver este vídeo realizado por Doctor Mostaza:

4 comentarios:

verónica dijo...

hola, me encanta la obra pictórica que has utilizado para esta entrada, de quien es?
gracias!

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Hola Verónica. Se trata de "La muchacha ciega" (The blind girl) de John Everett Millais, el pintor de la famosa Ofelia muerta. La verdad es que debería acostumbrarme a referenciar las imágenes que uso en el blog.

Un saludo.

verónica dijo...

pues estaría bien... gracias!

Anónimo dijo...

Amigo, podrías colocar la cita de la Crítica de la Razón Pura?
Gracias

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