viernes, 2 de octubre de 2009

¡Abajo el Arlequín!


"Admiro los Arlequines de Cézanne y Picasso, pero no me gusta Arlequín. Lleva una máscara y un traje de todos los colores. Tras haber renegado cuando canta el gallo, se esconde. Es un gallo de la noche.

Sin embargo, me gusta el auténtico gallo, profundamente variopinto. El gallo dice Cocteau dos veces y vive en su granja… la paradoja y el eclecticismo le resultan odiosos. Desprecia su sonrisa, su elegancia deslucida. También teme lo enorme. Es lo que se dice evadirse de Alemania… Arlequín personifica a los tradicionalistas, capaces de cualquier modernidad, pero dispuestos siempre a esconderse y a cambiar. El gallo personifica a quien, permaneciendo en su puesto, enuncia una verdad, la verdad de la evasión de Alemania”.

¡Viva el gallo! ¡Abajo el Arlequín!"

Jean Cocteau, Le coq et l’Arlequin

En este escrito de Cocteau de 1918, se resumían los principios inspiradores de la vanguardia francesa surgida en torno a Erik Satie. Este pianista de cabaret (trabajó en Le Chat Noir), maestro de la repetición y de la brevedad, se opuso rotundamente al posromanticismo alemán, inyectando en el panorama musical parisiense una estética de circo y de music-hall. Además introdujo el ruido en las partituras: sirenas, motores, máquinas de escribir y disparos se pueden oír en Parade, su “escandaloso” y novedoso ballet, precursor de los espectáculos dadaístas. La música perdía así su carácter “sagrado”, y Satie se convertía en el mensajero y defensor del nuevo arte, un arte que despreciaba todos los convencionalismos y que era intencionadamente vulgar, con una clara voluntad de épater le bourgeois (escandalizar a la burgesía).

Sin embargo, el devenir artístico de esta vanguardia musical no sobrevivió a la muerte del compositor de las Trois Gnossiennes. Quizá sea el destino de todos aquellos que se creen “iluminados” y llamados a regenerar lo que consideran decadente y caduco. Antes o después se otorgan el papel de valedores de la nueva fe y se vuelven arrogantes y dogmáticos. Y es que arlequines eran, para esta vanguardia, tanto Debussy como Stravinski, considerados músicos prisioneros del misticismo wagneriano y que había que escuchar “con la cabeza entre las manos”.


No obstante, tanto Satie como el grupo de Les Six, nos dejaron obras maestras que, muy a su pesar, se han convertido en “clásicos”. Como muestra os dejo una selección de obras de este "bicho raro" y precursor indiscutible de las vanguardias musicales. Por cierto, a mí tampoco me gusta Arlequín: me da aprensión. Bon appétit!


0 comentarios:

Publicar un comentario

En “Angelus Novus” cualquier opinión, sugerencia o comentario serán muy bien acogidos. No serán publicados, sin embargo, los mensajes injuriosos, discriminatorios o con un lenguaje inapropiado.

¡Muchas gracias!

Ir Arriba