viernes, 4 de septiembre de 2009

Para cazar un unicornio

"No tuve en cuenta entonces, en mi aturdimiento, el arte especial que para cazar un unicornio se requiere, y que en la Edad Media hasta los niños conocían. El monoceronte es un ser ambiguo. Por eso ha sido objeto de glosas tan distintas. Peligroso, sanguinario, muere de tristeza en el cautiverio. Es capaz de luchar con un elefante, su detestado enemigo, y de clavarle el cuerno en la corteza rugosa; y sin embargo, ama a las palomas y se detiene a descansar bajo el árbol entre cuyas ramas se escucha su arrullo apasionado. Para cazarlo —¿por qué no lo recordé a la sazón?— es menester situar a una doncella en el corazón mismo del bosque que la bestia cruza con violento retumbo de cascos y vibrantes relinchos. La que servirá de trampa, debe ser una verdadera doncella, sin mácula alguna, pues si su pureza hubiera flaqueado en lo más leve, el unicornio, infalible detector de corrupciones, a cuya sensibilidad no se hurta y disimula nada, la castigará hincándole el asta filosa y dándole instantánea muerte. Ella lo aguardará en solitario silencio. Será hermosa y estará desnuda. Como los unicornios participan, a semejanza de los humanos, de gustos diversos, un manuscrito sirio, citado por d Astorg, propone la posibilidad, a falta de una virgen, de emplear una prostituta o un joven vestido de muchacha. Pero lo corriente, lo ortodoxo, lo que han recogido los tapices de Clurry y los de los Cloisters de Nueva York, es que el cebo sea una mocita de perfecta castidad. Y desnuda, como lo estuve yo dentro de mi tonel fatídico. En los tapices góticos no la tejieron sin rebozo, exhibiendo la desvelada diafanidad de su cuerpo, quizás porque el pudor de las damas tejedoras se resistía a ese desenfado; mas ha de estar desnuda: sine qua non. Y en la intrincada umbría aguardará a la aparición piafante. Entonces acontecerá lo que los exegetas han reseñado reiterativamente: el monocorne, con la defensa recién aguzada en una roca (esa defensa que sirvió para salvarlo del Diluvio, pues por ella lo ataron al casco del Arca), se parará, huyendo de cazadores y lebreles, deslumbrado por el resplandor de la virginidad; vacilará un segundo; luego doblegará la cabeza; se aproximará a la doncella lentamente y, mientras ésta lo acaricia, depositará su testuz con un enamorado suspiro en su regazo, y entrecerrará los ojos. Quedará como enajenado, tan distante, tan olvidado de todo, que los cazadores lo ultimarán con sus flechas, venablos y picas, sin que oponga resistencia alguna. Ello se deberá, opinan unos, a la frescura que emana de la inocencia y que apacigua el ardor de su sangre y lo conduce al sueño; según la conjetura de Leonardo, a la voluptuosa satisfacción que domina su sangre bravía y lo impulsa a recostar su delicia en el pecho tibio de la niña intacta —o de la mujerzuela, o del disfrazado muchacho, respondiendo a la variedad de sus inclinaciones— y a omitir las aptitudes bélicas de su cuerno. Por un camino o por el otro: por el del embargado respeto a la candidez, o por el de la inerme entrega a la lascivia, el unicornio encontrará su doloroso fin. En consecuencia, yo lo considero —pues ello depende del modo en que se mire al asunto— como el símbolo de la pureza y como el símbolo de la impureza, y eso, esa opuesta dualidad que culmina en su destrucción inexorable, es lo que en él más me conmueve."

Manuel Mujica Láinez, El Unicornio


Siempre se ha dicho que no hay rincón en la ciudad del Sena que no se relacione con la literatura. París ofrecería, pues, un mundo paralelo fantástico y lírico la vez. Uno de esos rincones “mágicos” se encuentra en el Museo Cluny, en el barrio latino. No es uno de los museos más visitados, pero su interior alberga uno de los más admirables tapices del mundo, La Dama del Unicornio. Como por un extraño sortilegio, la visión de los blancos unicornios posando sobre una campiña roja, inmediatamente te hace sentir trasportado al mundo de los Lusignan y de la enigmática e inquietante Melusina, aunque el tapiz date del siglo XV. Esta deliciosa alegoría de los sentidos simboliza todo el encanto, la fantasía y la ingenuidad que desprende el universo imaginario de la literatura medieval.


Además del extracto de la maravillosa novela de Manuel Mujica Láinez os dejo algo de música del XV. No dejéis de pinchar en los enlaces. Bon Appétit.

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