lunes, 28 de septiembre de 2009

La mala educación II


En primer lugar, debemos preguntarnos qué entendemos por educación. Si bien la educación puede ser definida de distintas maneras, para considerarla desde el punto de vista del proceso social, me parece que debe ser caracterizada de este modo: la función social de la educación es la de preparar al individuo para el buen desempeño de la tarea que más tarde le tocará realizar en la sociedad, esto es, moldear su carácter de manera tal que se aproxime al carácter social; que sus deseos coincidan con las necesidades propias de su función…

Lo que se acaba de decir también vale para un sector especial de todo el proceso educativo: la familia. Freud ha demostrado que las experiencias tempranas de la niñez ejercen una influencia decisiva sobre la formación de la estructura del carácter. Si eso es cierto, ¿cómo podemos aceptar, entonces, que el niño, quien —por lo menos en nuestra cultura— tiene tan pocos contactos con la vida social, sea realmente moldeado por la sociedad? Contestamos afirmando que los padres no solamente aplican las normas educativas de la sociedad que les es propia, con pocas excepciones, debidas a variaciones individuales, sino que también, por medio de sus propias personalidades, son portadores del carácter social de su sociedad o clase. Ellos transmiten al niño lo que podría llamarse la atmósfera psicológica o el espíritu de una sociedad, simplemente con ser lo que son, es decir, representantes de ese mismo espíritu. La familia puede así ser considerada como el agente psicológico de la sociedad.

Erich Fromm, El miedo a la libertad
Se pregunta Javier Marías en su artículo Pieles finísimas lo siguiente: “¿cómo va a aceptar un joven que no puede hacer esto o aquello si a lo largo de sus quince o dieciocho años se lo ha educado en la creencia de que siempre se saldría con la suya, de que a todo tenía derecho a cambio de ningún deber, y de que sus acciones más graves no acarrearían más consecuencia que el rollo que le soltaran los plastas de sus padres o profesores?” Hace unos pocos días Iñaki Gabilondo subrayaba el apoyo que los padres ofrecían a sus hijos cuando estos eran sancionados, plantándose frente al profesor que les infligió el castigo y cuestionando sus medidas. Y es que, efectivamente, es difícil que se encuentren con un “no” rotundo que ponga límites a aquellos comportamientos poco o nada encomiables. Con semejante déficit de autoridad ¿cómo van a aprender los jóvenes que ciertos comportamientos conllevan consecuencias y sanciones?

Pues bien, algunas clarividentes mentes han dado con la solución: volver al uso del “usted” como señal de respeto y otorgar autoridad pública a los docentes. Otros han enriquecido el debate con sus perlas habituales, como nuestro amigo Antonio María Rouco Varela, quien parecer tener la solución:"rezar todos los días en familia el Rosario de la Virgen". Esta parece ser la única medida posible ante un sistema educativo, amparado por el malvado gobierno socialista, que acarrea “fracaso escolar, adoctrinamiento creciente, laicismo, violencia en las aulas”. Por supuesto, las asignaturas Educación para la Ciudadanía y Ciencias para el mundo contemporáneo son las mayores responsables de este actual estado de cosas. Una por pretender que los alumnos se formen “progresivamente” su “sistema de valores”; otra por ocasionar que “acepten de forma acrítica que todo avance científico está por encima de la moral y de la ética, y que asuman que todo aquello que no dice la ciencia (o su profesor) es relativo”. Todo esto lo hemos podido leer recientemente en el semanario Alfa y Omega, editado por el arzobispado de Madrid y distribuida cada jueves con el diario ABC. Y claro, con tanto despropósito, ¿cómo podemos esperar que nuestros jóvenes salgan de su estado de anomia?

La verdad es que el tema es lo bastante serio como para darles credibilidad a estos paladines de la moralidad. Sin embargo, Marías ha dado con una salida al problema que no está en el “usted” ni en el reconocimiento legal de la autoridad del profesorado y que, por otro lado, es más antigua que el petróleo: “alguna que otra torta proporcional y hubieran aprendido a temer las consecuencias de sus actos incipientemente delictivos”. Pues sí, el actualmente prohibido sopapo que siempre los padres han dado a sus hijos cuando estos hacían alguna burrada. Pero ahora eso son malos tratos y, por tanto, algo censurable. Yo, desde luego, me sumo a Marías y siempre preferiré que “un muchacho se lleve alguna de vez en cuando a que se lo arroje a una celda demasiado pronto, sin capacidad para entender de golpe por qué diablos está ahí, o a que viole a una compañera en manada y se vuelva a casa creyendo que eso no tiene mayor importancia que ponerse ciego de alcohol en las felices noches de botellón”.

Ojalá que las familias recuperen su autoridad perdida y aprendan al mismo tiempo a no recelar del profesorado. Si no es así, este debate que se ha abierto sobre la autoridad de este último será del todo estéril, cuando no una moda pasajera, como señala Miguel Santa Olalla en Boulé. Autoridad no es autoritarismo. Hannah Arendt certificó en su estudio ¿Qué es la autoridad? el desplome de todas las autoridades tradicionales y destacaba como “ha ganado las esferas prepolíticas, como la educación y la instrucción de los niños, donde la autoridad, en el sentido más amplio, siempre fue aceptada como una necesidad natural, manifiestamente requerida tanto por necesidades naturales –la dependencia del niño-, como por necesidad política: la continuidad de una civilización constituida, que sólo puede estar asegurada si los que nacen son introducidos a un mundo preestablecido, al que nacen como extraños”. Y es que sin autoridad y con tan mala educación vamos encaminados al desastre más absoluto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy acertadas las palabras de Gabilondo, sólo debemos mirar a nuestro alrededor para ver hasta donde estamos llegando.

Jovenes carentes de valores, que dicen ser o dejar de ser sólo por la "moda actual"

jovenes que olvidamos lo importante para dar paso a lo que prescinde de importancia.....

¿Cómo cambiar eso?

Un Fuerte Abrazo.

Dani.

José Ángel Castaño Gracia dijo...

Pues, entre otras cosas, dando ejemplo los mayores. Muchas veces, esos comportamientos son un reflejo de los que ven en los adultos. Es triste, pero la falta de respeto y el desconocimiento más elemental de las normas de educación inundan los espacios públicos. Muchas veces hemos asistido atónitos a espectáculos impresentables en lugares como el Congreso de los Diputados, donde reside la soberanía popular; o hemos oído declaraciones de ciertos personajes de la política que parecen no escandalizar a nadie. Sin ir más lejos, las gracietas tabernarias de Berlusconi sobre los Obama este fin de semana. En fin, que no toda la culpa es vuestra. También los adultos tenemos nuestra parte de responsabilidad, puesto que en muchos se da igualmente esa falta de valores a los que aludes y una banalización sin límites de todo lo que es importante.

Saludos.

Publicar un comentario

En “Angelus Novus” cualquier opinión, sugerencia o comentario serán muy bien acogidos. No serán publicados, sin embargo, los mensajes injuriosos, discriminatorios o con un lenguaje inapropiado.

¡Muchas gracias!

Ir Arriba