martes, 9 de junio de 2009

La belleza aterradora del cosmos


«¿Qué es el hombre? No es más que una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un punto medio entre la nada y el todo, infinitamente alejado de poder comprender los extremos. El fin de las cosas y sus principios le están invenciblemente escondidos en un impenetrable secreto, igualmente incapaz de ver la nada de la que es sacado y el infinito por el que es engullido».

«El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra…».


Pascal, Pensamientos.

Viendo el espectacular comienzo de la película Contact que presento más abajo, resulta difícil no sentir el terror que ya experimentara Pascal al “silencio eterno de los espacios infinitos” y que muestra, al mismo tiempo, la insignificancia del ser humano. Ya en el siglo IV a.C., Epicuro anunciaba la existencia de mundos infinitos, más allá de nuestro universo perceptible; dos mil años más tarde, después de que Copérnico afirmara que la Tierra gira alrededor del Sol y no al contrario, algunos, como Giordano Bruno, ultimaron la idea de un universo infinito y de los infinitos mundos que coexisten en el universo.


Sin embargo, cuando el universo aún no era infinito y se veía, por tanto, como un confortable hogar, toda la vida en la Tierra se veía afectada por la “Música de las Esferas”. Esta genial intuición de Pitágoras siempre ha fascinado a artistas y escritores. Pero es posible que sea en la Oda a Salinas de Fray Luis de León, donde la mística pitagórica alcanza la más hermosa descripción poética de esa melodía permanente que constituye la “Música de las Esferas”.


«El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena
la música estrenada
por vuestra mano sabia gobernada.[ ...]


Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera,

y oye allí otro modo
de no perecedera música,
que es la fuente y la primera.


Ve cómo el gran maestro

a aquesta inmensa cítara aplicado

con movimiento diestro

produce el son sagrado,

con que este eterno templo es sustentado.


Y como está compuesta

de números concordes,
luego envía
consonante respuesta,
y entre ambas a porfía
se mezcla una dulcísima harmonía.


Aquí la nave navega

por un mar de dulzura,
y finalmente
en él ansí se anega,
que ningún accidente

extraño o peregrino oye o siente.»

Según el filósofo neoplatónico Jámblico: «Sirviéndose de un poder divino, inefable y difícil de comprender, Pitágoras aplicaba sus oídos y concentraba su mente en la sublime sinfonía del universo, él sólo escuchando y entendiendo, según sus manifestaciones, la universal armonía y concierto de las esferas y de los astros que se mueven en ellas. Esta armonía produce una música más plena e intensa que la terrenal por el movimiento y revolución sumamente melodioso, bello y variopinto, producto de desiguales y muy diferentes sonidos, velocidades, volúmenes e intervalos.»


Quizá haya que combinar ambas actitudes. Desde luego es innegable la belleza que desprende el vídeo, pero es una belleza que aterra. En cualquier caso, esté el universo en silencio o estalle en un concierto de sonidos inaudibles para el ser humano, siempre podremos comunicarnos con él utilizando una teúrgia que necesariamente suspenda la racionalidad. Y es que las cosas bellas son difíciles.


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