miércoles, 27 de mayo de 2009

Fundamentos hermenéuticos de la Estética de la Recepción II


EL ENCUENTRO CON GADAMER

En su fundamentación de la hermenéutica, Gadamer propone una prolongación de la necesidad de «comprensión» planteada por toda obra de arte al conjunto de los procesos históricos: una obra de arte es un producto cultural que ha de ser comprendido históricamente. El receptor de la obra no parte de cero; es consciente de que está en una situación que lo envuelve en el seno de la tradición. La aceptación de tal situación no es un defecto de su capacidad de reflexión, sino la realidad histórica misma que lo define. A esa situación le corresponde evidentemente un cierto horizonte que puede estrecharse o ampliarse, pero que sobre todo le permite situar las cosas en su ámbito.


¿Qué ocurre cuando recibe una obra del pasado?


«Cuando nuestra conciencia histórica se desplaza a horizontes históricos, ello no significa un traslado a mundos extraños desvinculados con el nuestro, sino que ellos forman ese gran horizonte móvil que abarca la profundidad histórica de nuestra autoconciencia por encima de las fronteras del presente… El pasado propio y ajeno a los que se dirige nuestra conciencia histórica forma parte de ese horizonte móvil del que vive siempre la vida humana y a la que determina como su origen y tradición».

El receptor no se desplaza a ese nuevo horizonte abandonando el propio. No hay empatía en lo ajeno ni asimilación a lo propio, sino una elevación desde las propias expectativas de sentido. La situación hermenéutica está determinada, pues, por unos prejuicios insalvables que han de ser puestos continuamente a prueba en el encuentro con el pasado y en la comprensión de la tradición de la que venimos.

Según Gadamer, «la comprensión debe entenderse como parte de un acontecer de sentido en el que se forma y concluye el sentido de todo enunciado, tanto del arte como de cualquier otro género de tradición». El procedimiento de comprensión e interpretación de ese «acontecer de sentido», estético o no, reclama por parte del receptor una tarea de reconstrucción e integración de sus líneas. Tarea de reconstrucción e integración que, en el caso de la experiencia estética, supone involucrar en el individuo humano a la obra artística en su totalidad, con lo que el proceso interpretativo acaba así por revelarse como un proceso de autocomprensión: «todo el que hace la experiencia de la obra de arte involucra ésta por entero en sí mismo, lo que significa que la implica en el todo de su autocomprensión en cuanto que ella significa algo para él».

Comprender una obra del pasado quiere, pues, decir comprender la pregunta a la que le ha dado una respuesta. Esto no implica la vuelta al historicismo objetivista, puesto que preguntas y respuestas de una época dada constituyen, en cierto modo, una nueva obra que, por su parte, responde a mis propias preguntas. Encontrar el horizonte de preguntas históricas no es, pues, otra cosa que integrarlo en mi propio horizonte de preguntas. De ahí que la comprensión de la obra sea el proceso de fusión de esos horizontes supuestamente independientes. Tal fusión tiene lugar constantemente en el seno de la tradición. La recepción no disimula la tensión existente entre la obra y mi presente. No se comprende igualando ingenuamente esa tensión, sino desplegándola conscientemente. La realización controlada de tal fusión es la tarea de la conciencia de los efectos históricos, la incorporación a una tradición comunitaria.

Jauss se ve particularmente influenciado por la hermenéutica de Gadamer, y su atención teórica se dirige ante todo hacia una nueva fundamentación de la historia de la literatura, en la que crecientemente se ocupa de la reconstrucción del proceso de la experiencia estética. Acentúa el papel activo del lector y el carácter histórico de la experiencia literaria, considerada como un «triángulo» formado por el autor, la obra y el público. No existe sentido preestablecido en una obra, dicho sentido se concretiza en cada acto de lectura y con cada lector de una manera nueva e inesperada. Al considerar la relación dialógica entre la obra literaria y sus lectores como «el hecho primario» para la historia de la literatura, el crítico alemán propone reorientar el análisis filológico en una dirección básicamente hermenéutica, interpretativa:

«El saber filológico queda siempre referido a la interpretación, la cual debe proponerse como fin, con el conocimiento de su objeto, reflexionar sobre la realización de este conocimiento, y describirlo, como factor de una nueva comprensión»

La huella de Gadamer es aquí decisiva. Pues en Verdad y método la forma en que la «consciencia comprensiva» alcanza su plena soberanía frente a la tradición escrita se caracteriza con los siguientes términos:
«La consciencia lectora se encuentra, por ejemplo, en posesión potencial de su historia. No en vano el concepto de la filología, del amor a los discursos, se transformó con la aparición de la cultura literaria en el arte omniabarcante de la lectura, perdiendo su relación originaria con el cultivo del hablar y argumentar»
La historia gadameriana de los efectos en el transcurso de una tradición es ahora apropiación activa de una obra por el intermedio de las apropiaciones anteriores en el curso de una historia de la recepción. Interesante es también, en este punto, advertir la coincidencia entre Gadamer y Derrida en lo que se refiere al desplazamiento del eje procesual de nuestra tradición de cultura del habla o la argumentación al texto escrito.

Para Gadamer, por tanto, la hermenéutica es el camino que nos permite recuperar aquella tradición de la filosofía pre-epistemológica, que no toma su orientación de los objetivos que «nosotros» tengamos, sino de la clásica concepción de «lo bueno», ámbito práctico en el cual el pensamiento reflexivo aún nos reserva una función sistemática e integradora y no de mera fuga hacia el terreno estético-poético de «lo privado». En «La filosofía práctica como modelo de las ciencias humanas», Gadamer nos dice:
«La mejor definición de hermenéutica es: dejar que aquello que se ha visto alienado por la naturaleza de la palabra escrita o por el hecho de haberse distanciado a causa de las separaciones culturales o históricas, hable de nuevo.»
En cualquier caso, la nueva orientación metodológica propugnada por Jauss, se plantea, sin duda, como un desarrollo de la concepción de la literatura, no como «la permanencia muerta de un ser enajenado», sino como «una función de la conservación y la transmisión espiritual, que aporta a cada presente la historia que se oculta en ella», y en virtud de lo cual el concepto de la literatura no deja de estar referido a su receptor. Según Jauss, que, naturalmente, admite esa relación entre la hermenéutica de Gadamer y sus propuestas, habría sin embargo un punto de discordancia «allí donde Gadamer quiere elevar el concepto de lo clásico a prototipo de toda la conciliación histórica del pasado con el presente». Mientras que Gadamer, en consonancia con su valoración de la tradición tiene que admitir el potencial de sentido de unas obras que fluctúan entre la correcta y la falsa comprensión (la autoridad de lo clásico compensa la debilidad metódica del receptor), Jauss, crítico experto de la literatura de la modernidad, no asume tal prejuicio. Paradójicamente, Gadamer no habría aplicado su idea de la historicidad de la comprensión al arte clásico, cuando sus conceptos (fundados en la estética de la mímesis) no resultarían válidos fuera de los límites históricos del período del arte humanístico.

  1. La Estética de la Recepción.
  2. El encuentro con Gadamer.
  3. La crítica a la estética negativa de Adorno.
  4. El nuevo concepto de experiencia estética: Poiesis, Aisthesis, Catharsis.

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