miércoles, 13 de mayo de 2009

Derechos humanos y utopía

Bernhard Heisig, Der Kriegsfreiwillige (Begegnung mit Bildern II)

- Si los tiburones fueran hombres preguntó al señor K la hija pequeña de su patrona, ¿se portarían mejor con los pececitos?

- Claro que sí respondió el señor K. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Para que los pececitos no se pusieran tristes, habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Pues necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre sí para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a algunos pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se le concedería una medalla y se le otorgaría además el título de héroe. Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar.

Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces. Habría, asimismo, una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros y oficiales, ingenieros en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.

Bertold Brecht, Historias de almanaque.

Brecht escribió este texto en una época en la que sólo cabía obedecer a los tiburones que detentaban el poder en los años treinta. Fue una época de totalitarismos en la que los “pececillos” carecían de los derechos más elementales. Pero es un texto que nunca ha perdido actualidad: nos presenta una dura metáfora sobre las relaciones humanas en general. De ahí la profunda carga utópica que subyace a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No obstante, los derechos humanos se presentan como los valores básicos para la convivencia y, por eso, son exigibles para todos los seres humanos. Algunos piensan que son la solución a todos los problemas éticos y políticos; otros que simplemente son una imposición de Occidente al resto del mundo. Lo que está claro es que constituyen el mayor intento que ha realizado la humanidad para conseguir un mundo más digno.

¡No se cumplen!, decíais algunos en clase cuando los leímos. Pero ¿se pueden cumplir? Ya sabemos que son utópicos, que son incumplidos sistemáticamente por la mayoría de los Estados. En realidad, sólo podrían hacerse efectivos en el conjunto de relaciones que mantenemos los seres humanos entre nosotros, al margen de lo que dicten leyes y Estados. Es, pues, una tarea que debiera involucrarnos a todos: la posibilidad efectiva de mejora del mundo depende de nosotros.


Por otro lado, no hay derechos sin deberes. Decía Gandhi que “todos los derechos dignos de merecerse son aquellos ganados por el cumplimiento del deber”. Recordad a Kant cuando decía que las acciones hechas por deber se hacen con independencia de su relación con nuestra felicidad o desdicha, y con independencia de la felicidad o desdicha de las personas queridas por nosotros: se hacen porque la conciencia moral nos dicta que deben ser hechas. Quizá si le hiciéramos caso, los derechos humanos perderían parte de su carácter ideal y quimérico, y no dejaríamos en mano de nuestros gobernantes la consecución de nuestra dignidad.


Aquí os dejo algunos materiales para complementar lo que estamos viendo en clase. Os recomiendo el vídeo de Noa y Khaled versionando el Imagine de John Lennon: otra hermosa utopía.



Declaración Universal de los Derechos Humanos

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