domingo, 19 de abril de 2009

El cine y la banalidad del mal


"Fue como si en aquellos últimos minutos [Eichmann] resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes."

Arendt, Eichmann en Jerusalén

Hoy ha aparecido en El País un interesantísimo reportaje de Javier Rodríguez Marcos de obligada lectura, con el título de El Holocausto no es un espectáculo, que nos plantea el dilema de si el cine debe retratar verísticamente los sucesos más horribles que acaecieron en el siglo XX para que persista su memoria o, por el contrario, si no estará impulsando la aceptación de la banalidad del mal, a la que se refería de forma rotunda Hannah Arendt.

¿Es posible mantener la memoria del Holocausto a través del cine? En el artículo se señala la general “desmemoria” que imperó en el mundo occidental hasta que a finales de los setenta se estrenó la serie de la NBC Holocausto. Lo que nunca consiguieron los historiadores lo logró esta serie de televisión, prontamente acusada de banalizar y trivializar estos brutales hechos históricos: romper el silencio. Poco tiempo después de su emisión en Alemania en 1979, en el semanario Der Spiegel, aparecía lo siguiente: “Una serie de TV consiguió lo que no habían conseguido cientos de libros, obras de teatro, documentales, programas de TV, miles de documentos y todos los juicios contra criminales de campos de concentración en más de 3 décadas desde el final de la guerra. (…) Gracias a la serie Holocausto una gran mayoría de la nación sabe ahora lo que se escondía detrás de la aparentemente inocua expresión burocrática de “la solución final”. Lo saben porque unos cineastas americanos tuvieron el coraje de liberarse del precepto paralizante de que es imposible representar el genocidio”.


Desde entonces, el cine ha oscilado entre la recreación más o menos fidedigna del Holocausto, con lo que tiene de traición a la memoria, y entre la eliminación de todos los recursos narrativos inherentes al cine que “petrifican el pensamiento y aniquilan todo poder de evocación”. En este extremo se situaría Claude Lanzmann y su monumental documental Shoah. Por el contrario, La lista de Schindler de Spielberg representa como ningún otro producto audiovisual esa búsqueda de realismo que corre el riesgo de suplantar a la historia.


El artículo destaca la actividad frenética que se ha desatado tanto en cines como en librerías en torno al genocidio judío y se señalan dos peligros: la banalización exhibicionista del horror y la identificación con los verdugos. Lo hemos visto en El Hundimiento, en El Lector y, sobre todo, en Las Benévolas, de Jonathan Littell. Este “concierto barroco” es una novela de durísima lectura pero imprescindible para entender el siglo XX. Su lectura me estremeció tanto como lo hizo el ver Holocausto en televisión cuando era niño: ambas obras, a pesar de todo lo dicho, le han dado forma a mi memoria histórica. Las Benévolas son las Erinias cuyo cometido es hostigar a las personas hacia la pesadilla y la venganza que, en ocasiones, mutan y se convierten en las Euménides, seres protectores y benévolos. Su protagonista, Max Aue es el alter ego de Eichmann, un profesional meticuloso y aparentemente imparcial: es la representación idealizada de la banalidad del mal.

En cualquier caso, cine y literatura existen para entretener: son ficción. La Historia es otra cosa. Depende de la formación de los lectores-espectadores el que una película sobre el Holocausto sea recibida como si fuera un western o como un documento cultural, aunque esté mercantilizado. Aquí dejo un fragmento de la entrevista a Hannah Arendt realizada por Günter Gauss y emitida por la televisión de Alemania Occidental el 28 de Octubre de 1964. Si quieres ver la entrevista completa, pincha aquí: Hannah Arendt: ¿Qué queda? Queda la Lengua Materna



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