lunes, 2 de marzo de 2009

El terror y la piedad. El lector, de Bernhard Schlink

Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo, vio las poblaciones y conoció las costumbres de muchos hombres y padeció en su ánimo gran número de trabajos en su navegación por el ponto, en cuanto procuraba salvar su vida y la vuelta de sus compañeros a la patria. Mas ni aun así pudo librarlos, como deseaba, y todos perecieron por sus propias locuras. ¡Insensatos!
(Odisea, Canto I)

¿Qué harías si un día descubrieses que tu antiguo amor adolescente esconde un pasado poco menos que aterrador? ¿Te avergonzarías y lo desterrarías para siempre de tus recuerdos, antaño evocados con la nostalgia propia de quien ha perdido la frescura de la juventud? ¿Le negarías tu ayuda, negándole cualquier posibilidad de redención? ¿No es humano el perdón?


Tal dilema es el eje argumental de El lector, película de Stephen Daldry, basada en la novela homónima de Bernhard Schlink, director al que recordamos por esa maravilla que nos regaló con Las horas. Es una película intimista, ambientada en la Alemania de la posguerra; una Alemania que aun hoy no se ha liberado de la culpa y la vergüenza que supuso el holocausto judío. Nos narra el periplo emocional experimentado por un abogado marcado por una relación adolescente que, sucesivamente, pasará de una inmadura admiración, al desengaño más amargo; de éste al sentimiento de culpa, para finalmente llegar a una inquietante y ambigua catarsis redentora de soledades y desencuentros.


Estremecedor retrato de Hanna Schmitz, lejos de los estereotipados “monstruos” del nazismo: es la Cariátide que sostiene todo el peso del silencio cómplice de la Alemania de su época ante la barbarie de Auschwitz. La frialdad de su carácter es el refugio que le da protección frente a los asaltos de la memoria. Su pasado enquistado se abrirá paso por la vía judicial y nos descubrirá su secreto mejor guardado: no sabe leer. ¿Se puede asociar la incultura a la deshumanización? ¿Se puede sobrellevar mejor el horror de lo cotidiano con la lectura? Hanna Schmitz hacía que las prisioneras judías le leyeran por las noches. También se lo pedirá posteriormente a su joven amante. Los libros, pues, como catarsis liberalizadora del peso de una realidad que se vuelve cada vez más pesada. La lectura como bálsamo de misericordia. Adorno dijo que la poesía no es posible después de Auschwitz, pero Hanna Schmitz aprendió a leer.


Sobre el caso Eichmann.

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