sábado, 28 de marzo de 2009

Genes, conducta y estrés


Esta mañana he escuchado el argumento definitivo sobre la relación entre los malvados genes y la hostigada conducta: QUIENES MEDITAN "APAGAN" LOS GENES DEL ESTRÉS. ¡Cuánta estupidez!

Las investigaciones sobre la biología humana y, en particular, sobre su herencia, han provocado varias veces, a lo largo de la historia, un aumento de la creencia popular en lo que se ha denominado “determinismo biológico” (las características de una persona en el momento de su nacimiento, definidas a través de la herencia transmitida por sus progenitores, marcan irremediablemente su futuro). Además, la idea ha sido especialmente atractiva para los defensores del racismo, la xenofobia y la eugenesia, pero también para un público mucho más amplio: si los grupos marginados son menos aptos desde el punto de vista genético para las tareas intelectuales, entonces no tiene sentido alguno fomentar programas que mejoren su educación, dada la determinación biológica desfavorable. Alguna opinión he escuchado al respecto tras visionar un episodio de Callejeros, el programa de Cuatro. La manipulación, la exageración frecuente y la mala interpretación de los resultados científicos sobre la herencia biológica han tenido nefastas consecuencias sociales y políticas hasta el presente.

El determinismo biológico hunde sus raíces en períodos remotos de la historia de la ciencia y la filosofía. En el mundo antiguo se recurría a la teoría galénica de los humores para argumentar que los hombres eran calientes y secos (y, por ello, activos), mientras que las mujeres eran frías y húmedas (pasivas, por tanto). Poligenistas del s. XVII sostenían que los blancos y los negros eran productos de creaciones separadas. En el s. XIX, Hegel comparó a los hombres con los animales y a las mujeres con las plantas. Los “craneólogos” de la época propusieron que las razas del mundo podían ser clasificadas según el tamaño y la capacidad cerebral de los cráneos.

Pero los episodios más aleccionadores estuvieron protagonizados por los eugenistas, seguidores del movimiento iniciado por Francis Galton, allá por 1880. Los eugenistas creían que las características humanas eran hereditarias, y tanto los rasgos físicos como los atributos de la personalidad estaban determinados por factores hereditarios. En consecuencia, para elevar el nivel medio de la población había que proceder como suele hacerse en ganadería: favoreciendo la reproducción de los “buenos” ejemplares y aminorando, o incluso impidiendo, la reproducción de los ejemplares “defectuosos”.

Las críticas contra el determinismo biológico han sido muchas y de notable consistencia hasta hoy. Normalmente apuntan a desmontar el argumento de la fatalidad de la herencia biológica. Una de las tesis más difundidas por los críticos del determinismo biológico sostiene que cuando se sugiere una conexión entre los genes y una determinada característica humana no se está afirmando que exista una relación causa-efecto, porque todos los genéticos saben que, además del factor herencia, el factor ambiente puede resultar tan determinante o más.

En relación con la heredabilidad del comportamiento, la inteligencia o la capacidad intelectual, las inconsistencias del determinismo biológico resultan mucho más evidentes. Aun concediendo que la inteligencia se pueda definir de manera concreta y podamos establecer sin lugar a dudas su base genética, nadie es capaz de asegurar que un ambiente favorable –una buena educación, por ejemplo– no consiga resultados espectaculares.

Sin embargo, este importante repertorio de argumentos críticos anti-deterministas no ha bastado para impedir una revitalización generalizada, sobre todo entre la población más inculta, de creencias deterministas supuestamente amparadas por las investigaciones genéticas de los últimos años y, sobre todo, de su difusión pública. Los periodistas implicados en la divulgación científica, igual que sus lectores, experimentan una marcada fascinación por la biología molecular y sus explicaciones de determinados problemas humanos, tanto que llegan a descuidar por sistema otro tipo de factores sociales o ambientales. Algunos libros recientes han intentado presentar toda esta “mística popular del ADN”, a través de numerosos ejemplos que incluyen desde anuncios publicitarios hasta series de TV, tiras cómicas, artículos de periódicos y revistas, panfletos, películas y letras de canciones de moda. Resultaría muy sugestiva una relectura de El gen egoísta, del etólogo Richard Dawkins.

Los medios de comunicación, que durante los últimos años vienen informando con mucha frecuencia de los logros de la biología molecular y de su relación con enfermedades u otras características (el caso del gen de la homosexualidad resulta paradigmático), lo hacen a menudo sacando los datos de contexto y si ningún tipo de rigor en su interpretación, contribuyendo hoy, más que en otras épocas, a que las teorías biológicas deterministas calen entre el gran público y vuelvan a imponerse políticas discriminatorias basadas en estas creencias. Valga como ejemplo la "espectacular" noticia que leí el verano pasado en la prensa: el último hallazgo de la genética se refiere a la participación política, es decir, a la decisión de votar en unas elecciones, que también tendría raíces genéticas y, por tanto, hereditarias. Leer artículo completo.

Daniel Dennet nos habla de "memes peligrosos":


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